Influenza
¿Epidemia o pecado?
Por Juan Elías Vázquez
Cuando la influenza se hallaba en su pico más alto, un columnista de un importante diario capitalino comparaba la epidemia mexicana con las plagas de Egipto. Las nuestras, decía el periodista, han sido muchas más de diez: influenza, obesidad, terremotos, inundaciones, sequías, adicciones, pobreza, ignorancia, corrupción, cacicazgos, partidos políticos, crisis económicas, narcotráfico, ejecuciones, inseguridad, ilegalidad, ambulantaje, etcétera. Desde esta perspectiva, nuestro cuadro “epidemiológico” hace ver a Egipto como una caricatura de nación en crisis. ¡Mucho cuidado con esta clase de comparaciones! Porque al Faraón y a su pueblo la peste les llegó por causa de su desobediencia y rebeldía ante el Todopoderoso. Lo que le está pasando a México, por lo tanto, podríamos pensar, es consecuencia de su pecado delante de Dios.
Al grado de descomposición institucional en el país hay que añadir lo que a los ojos bíblicos significa la transgresión de la ley divina, como por ejemplo la legalización del aborto o de los matrimonios homosexuales o la permisión para portar ciertas cantidades de droga. Adquirir un perfil moderno y democrático le ha salido caro al país.
¿Será, entonces, que nuestro alcance de prevaricación (“quebrantamiento de una ley”) delante del Señor ha acarreado nuestros males? Cuesta trabajo aceptarlo, por lo menos en nuestra casa. Es muy fácil afirmar que Dios ha castigado duramente al continente asiático (con tsunamis, gripe aviar, etcétera) debido a su idolatría y a la corrupción de sus costumbres y hábitos alimenticios. Pero… ¿y a nosotros?
Vivimos una época de incredulidad y sospecha. Muchas personas medianamente educadas consideran que creer en Dios no sólo es una pérdida de tiempo, sino que también implica un retroceso intelectual. Con ligereza aducen: “Es que soy agnóstico”, como si eso los volviera superiores. No creer y sospechar van de la mano. Por eso, bajo ningún concepto “racional”, nos podemos atrever a afirmar que las pestes que estamos padeciendo son castigo de Dios.
Pero el cristiano verdadero sabe que esto que vivimos es consecuencia del alto nivel de descomposición social, moral y ética de nuestra nación, que corroe desde los estratos más altos hasta los inferiores; consecuencias lógicas de una estructura corrompida y carente de solidaridad con las clases más desfavorecidas. ¿Y los fenómenos naturales? Signo de los tiempos, fruto de políticas ineficientes en materia de planeación ecológica; resultado del consumo ávido e irracional de los recursos no renovables.
Cualquier otra explicación lógica es aceptable, menos atribuir nuestras desgracias y pasiones doloridas en tiempos de la influenza al juicio Divino. Quien afirme cosa semejante, pobre ingenuo, es oído con una risita condescendiente y recibido con una palmadita en la espalda: “Ya está bien, muchacho(a), te creemos, no te sulfures”.
¿Será que el cristianismo histórico ya no cabe en este mundo rebasado por la historia?
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miércoles, 29 de julio de 2009
Quizá habrá aquí diez justos...
Por Félix Martínez García
La más gratificante es saber que, entre nosotros, viven al menos diez justos. Viene a mi mente el pasaje de Génesis 18, cuando Abraham intercede por una decadente y pecadora ciudad –tan parecida ahora a la nuestra– a la que Dios iba a destruir, en la que, ni siquiera, una decena de justos fue hallada para que Dios no destruyese a esa gente.
La presencia de justos a lo largo de los tiempos ha propiciado el engrandecimiento de la paciencia de Dios y una oportunidad más para que los demás busquemos el rostro de Dios. Es necesario entonces definir cómo son los justos de nuestros tiempos.
Por ejemplo, en los tiempos del rey Herodes, Dios tenía en su memoria a dos personas que el evangelista Lucas describe como un hombre y una mujer sin reprensión alguna, acatando todos los mandamientos y estatutos de Dios.
Los justos de nuestros tiempos no son diferentes. Son hombres y mujeres temerosos de Dios. Pero ¿dónde están?, ¿quiénes son?, ¿cómo viven? Sólo Dios los conoce y, dicho sea con mayor propiedad, ellos conforman la Novia de Cristo.
Pero estamos convencidos de que hoy, como en los días de Herodes, estos justos tienen un nombre, un oficio, un hogar. Zacarías y Elisabeth, justos que habitaron este mundo hace más de dos mil años, hacían de esta tierra un lugar de adoración a Dios. Por eso Dios volteó la vista hacia ellos.
Pero no los sacrilicemos. La Biblia no esconde las fallas humanas. Porque inclusive estos justos tuvieron debilidades. Es sabido cómo Zacarías, un hombre viejo, cuando escucha a un ángel que iba a ser el progenitor de Juan el Bautista, este justo no creyó y por esa causa permaneció mudo hasta el nacimiento del niño.
La falta de fe en el anuncio del ángel evidencia la naturaleza humana de Zacarías, el justo; del mismo modo, los justos de nuestros tiempos tienen éstas y otras debilidades. Poder ver este comportamiento en los justos nos hace apreciar aún más la misericordia de Dios, porque perdonó la destrucción de esta pecadora ciudad y, para eso, hubo, al menos, diez justos de carne y hueso.
Ahora bien, en esta contingencia sanitaria Dios fue fiel…
¿Pero tú? ¿Qué pensaste cuando oíste por primera vez las extremas medidas tomadas por el gobierno mexicano? ¿Te dio miedo o te dio gozo? ¿Te acordaste de Dios o lo dejaste al final de tus pensamientos? ¿Qué planeaste hacer con tus hijos? ¿Pensaste en el apocalipsis, en el rapto, en los tiempos finales o saliste corriendo a realizar compras de pánico?
Quizá, como a Elías, hombre de semejantes pasiones a las nuestras, te entró el terror.
¿Pero, acaso no está escrito que el justo por la fe vivirá y el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente?
¿Acaso no está escrito que el justo dice a Jehová: Esperanza mía y castillo mío?
¿Acaso no está escrito que Dios libra al justo del lazo del cazador y de la PESTE destruidora?
Porque muchos cristianos modernos en esta contingencia confiaron más en el Teraflú, el tapabocas y la vacuna de la influenza que en la oración del justo, que obra eficazmente. Otros, más tibios, se pusieron el tapabocas, simplemente, por si fallaban las promesas de lo alto.
Por Félix Martínez García
Y eran ambos justos delante de Dios,
andando sin reprension en todos los
mandamientos y estatutos del Señor
Lucas1-5.
En el contexto de la alerta sanitaria por el virus de la influenza humana, no pude resistir enviar un mensaje al pueblo cristiano, porque esta contingencia epidemiológica tiene una connotación espiritual que no debe pasar inadvertida.
andando sin reprension en todos los
mandamientos y estatutos del Señor
Lucas1-5.
En el contexto de la alerta sanitaria por el virus de la influenza humana, no pude resistir enviar un mensaje al pueblo cristiano, porque esta contingencia epidemiológica tiene una connotación espiritual que no debe pasar inadvertida.
Porque hay que saber leer estos últimos acontecimientos desde la perspectiva espiritual, desde el punto de vista divino, de las Sagradas Escrituras, para entender que a este país, a esta ciudad, Dios la tuvo en su noticia y salvó a la población de un mal mayor, porque en esta ciudad y en este país viven, al menos, diez justos.
La misericordia de Dios se hizo patente, porque sólo un Dios misericordioso acepta truncar una catástrofe mayor y, aun en los casos fatídicos, un castigo mayor. Porque sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, por eso debemos sacar lecciones importantes de esta crisis sanitaria.La más gratificante es saber que, entre nosotros, viven al menos diez justos. Viene a mi mente el pasaje de Génesis 18, cuando Abraham intercede por una decadente y pecadora ciudad –tan parecida ahora a la nuestra– a la que Dios iba a destruir, en la que, ni siquiera, una decena de justos fue hallada para que Dios no destruyese a esa gente.
La presencia de justos a lo largo de los tiempos ha propiciado el engrandecimiento de la paciencia de Dios y una oportunidad más para que los demás busquemos el rostro de Dios. Es necesario entonces definir cómo son los justos de nuestros tiempos.
Por ejemplo, en los tiempos del rey Herodes, Dios tenía en su memoria a dos personas que el evangelista Lucas describe como un hombre y una mujer sin reprensión alguna, acatando todos los mandamientos y estatutos de Dios.
Los justos de nuestros tiempos no son diferentes. Son hombres y mujeres temerosos de Dios. Pero ¿dónde están?, ¿quiénes son?, ¿cómo viven? Sólo Dios los conoce y, dicho sea con mayor propiedad, ellos conforman la Novia de Cristo.
Pero estamos convencidos de que hoy, como en los días de Herodes, estos justos tienen un nombre, un oficio, un hogar. Zacarías y Elisabeth, justos que habitaron este mundo hace más de dos mil años, hacían de esta tierra un lugar de adoración a Dios. Por eso Dios volteó la vista hacia ellos.
Pero no los sacrilicemos. La Biblia no esconde las fallas humanas. Porque inclusive estos justos tuvieron debilidades. Es sabido cómo Zacarías, un hombre viejo, cuando escucha a un ángel que iba a ser el progenitor de Juan el Bautista, este justo no creyó y por esa causa permaneció mudo hasta el nacimiento del niño.
La falta de fe en el anuncio del ángel evidencia la naturaleza humana de Zacarías, el justo; del mismo modo, los justos de nuestros tiempos tienen éstas y otras debilidades. Poder ver este comportamiento en los justos nos hace apreciar aún más la misericordia de Dios, porque perdonó la destrucción de esta pecadora ciudad y, para eso, hubo, al menos, diez justos de carne y hueso.
Ahora bien, en esta contingencia sanitaria Dios fue fiel…
¿Pero tú? ¿Qué pensaste cuando oíste por primera vez las extremas medidas tomadas por el gobierno mexicano? ¿Te dio miedo o te dio gozo? ¿Te acordaste de Dios o lo dejaste al final de tus pensamientos? ¿Qué planeaste hacer con tus hijos? ¿Pensaste en el apocalipsis, en el rapto, en los tiempos finales o saliste corriendo a realizar compras de pánico?
Quizá, como a Elías, hombre de semejantes pasiones a las nuestras, te entró el terror.
¿Pero, acaso no está escrito que el justo por la fe vivirá y el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente?
¿Acaso no está escrito que el justo dice a Jehová: Esperanza mía y castillo mío?
¿Acaso no está escrito que Dios libra al justo del lazo del cazador y de la PESTE destruidora?
Porque muchos cristianos modernos en esta contingencia confiaron más en el Teraflú, el tapabocas y la vacuna de la influenza que en la oración del justo, que obra eficazmente. Otros, más tibios, se pusieron el tapabocas, simplemente, por si fallaban las promesas de lo alto.
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junio-julio de 2009 no. 17,
Segundo Aniversario
¿Codicia tu alma la casa de oración?
Por Juan Elías Vázquez
Hubo una época en que ni un alma era vista en el templo. Los adoradores habían huido lejos, acrisolados por una fuerza enemiga feroz. A ese periodo terrible –que fue acompañado por la profanación del santuario, entre 175 y 170 aC–, el pueblo de Dios lo recuerda como la abominación desoladora, la más espantosa de todos los tiempos. En ese tiempo el salmista bien podría haber dicho: “Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová” (Sal 84:2).
Hace unos días, concretamente los domingos 26 de abril y 3 de mayo de 2009, por disposición oficial, muchos templos del Distrito Federal y área metropolitana se hallaban igualmente vacíos. Los fieles católicos se conformaron con ver a sus santos detrás de un enrejado o se limitaron a oír misa por televisión. Respecto de la Iglesia evangélica, muchos templos, aunque no todos, se mantuvieron también cerrados al culto público.
La causa no podía ser desestimada: hubo que obedecer un mandato del gobierno y cerrar temporalmente los recintos debido a la contingencia sanitaria por el virus de la influenza AH1N1. Los evangélicos hemos sido tradicionalmente muy respetuosos de las autoridades, que por Dios han sido establecidas (Rom. 13:1), de manera que, en general, se acato la disposición oficial.
¿Desde hace cuánto no permanecía usted un domingo en casa? Era mediodía o en la tarde y usted no iría a la casa de oración. La mañana se presentaba idónea para el asueto, se podía visitar a los familiares y amigos o permanecer de plano en la dulce ociosidad doméstica. Las opiniones al respecto eran muy variadas: “Ante todo –nos escuchábamos decir– hay que respetar las órdenes de la autoridad, que para eso es la autoridad”. “Un desacato de nuestra parte podría ocasionar la clausura del templo y un mal testimonio ante los vecinos”. También tuvimos oportunidad de opinar acerca de nuestros hermanos: “a Fulano y a Zutana les va caer de perlas el descanso; así por lo menos ni se va a notar que faltan, como casi siempre”. Por ahí supimos también que hubo necios que, a pesar de la suspensión del culto público, se atrevieron a abrir los templos.
Al pastor, al predicador, al maestro de niños, ¿cómo les caería este cierre inesperado? El que no tenía la lección lista, el sermón preparado, el consuelo que alivia, casi podríamos decir que respiró con alivio. Otros alabaron la prudencia eclesial: para qué arriesgar a la membresía a un posible contagio, las consecuencias podrían haber sido muy costosas, aun en el corto plazo.
¡Pero basta ya de cardos y espinas, amado hermano! No elegimos ese descanso dominical ni estamos felices por la suspensión temporal del culto. Esta noción libra nuestras conciencias de toda culpa; no nos parece justo, por tanto, ningún reproche.
El impacto de la contingencia sanitaria, en todo caso, será mayor en la economía, la educación, el sano entretenimiento y los sentimientos de las personas. Según la Secretaría de Hacienda, la afectación económica ocasionada por las medidas de aislamiento social será de unos 30 mil millones de pesos, equivalentes a 0.3 por ciento del producto interno bruto (PIB). Por esta razón, las arcas públicas dejarán de percibir diez mil millones de pesos.
Pero, ¿se ha puesto a pensar que, debido a ese cierre temporal del templo, nuestra relación con Cristo podría estar presentando también un déficit? ¿Adónde huyeron los adoradores? La mayoría nos refugiamos en la seguridad de nuestras casas, espantados por una fuerza enemiga feroz. De más está que le reitere que hay que ser obedientes a las autoridades de este mundo o que le recuerde lo que sentencia el Salmo 91, que “ninguna plaga tocará tu morada”. Es por demás.
La cuerda que hoy el Espíritu Santo desea tocar en nuestro corazón tiene que ver más con una visión interior de nuestro diario vivir; es decir, quiere avivar en nuestra alma un dolor por la Casa de Dios, un celo vivo por Sus moradas, una pasión intensa, una ambición desmedida: para decirlo claro, codicia por sus atrios.
A los judíos les fue quitado por tres años y medio el continuo sacrificio, y quedaron interiormente devastados; a los cristianos, doce días de templos cerrados y ¿en qué estado quedó nuestra alma? ¿Deseó tu alma el santuario como el ciervo cuando muere de sed en el desierto? ¿Regresaste al altar con la pasión renovada?
O… ¿sigues llegando tarde a la casa de oración?
Por Juan Elías Vázquez
Hubo una época en que ni un alma era vista en el templo. Los adoradores habían huido lejos, acrisolados por una fuerza enemiga feroz. A ese periodo terrible –que fue acompañado por la profanación del santuario, entre 175 y 170 aC–, el pueblo de Dios lo recuerda como la abominación desoladora, la más espantosa de todos los tiempos. En ese tiempo el salmista bien podría haber dicho: “Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová” (Sal 84:2).
Hace unos días, concretamente los domingos 26 de abril y 3 de mayo de 2009, por disposición oficial, muchos templos del Distrito Federal y área metropolitana se hallaban igualmente vacíos. Los fieles católicos se conformaron con ver a sus santos detrás de un enrejado o se limitaron a oír misa por televisión. Respecto de la Iglesia evangélica, muchos templos, aunque no todos, se mantuvieron también cerrados al culto público.
La causa no podía ser desestimada: hubo que obedecer un mandato del gobierno y cerrar temporalmente los recintos debido a la contingencia sanitaria por el virus de la influenza AH1N1. Los evangélicos hemos sido tradicionalmente muy respetuosos de las autoridades, que por Dios han sido establecidas (Rom. 13:1), de manera que, en general, se acato la disposición oficial.
¿Desde hace cuánto no permanecía usted un domingo en casa? Era mediodía o en la tarde y usted no iría a la casa de oración. La mañana se presentaba idónea para el asueto, se podía visitar a los familiares y amigos o permanecer de plano en la dulce ociosidad doméstica. Las opiniones al respecto eran muy variadas: “Ante todo –nos escuchábamos decir– hay que respetar las órdenes de la autoridad, que para eso es la autoridad”. “Un desacato de nuestra parte podría ocasionar la clausura del templo y un mal testimonio ante los vecinos”. También tuvimos oportunidad de opinar acerca de nuestros hermanos: “a Fulano y a Zutana les va caer de perlas el descanso; así por lo menos ni se va a notar que faltan, como casi siempre”. Por ahí supimos también que hubo necios que, a pesar de la suspensión del culto público, se atrevieron a abrir los templos.
Al pastor, al predicador, al maestro de niños, ¿cómo les caería este cierre inesperado? El que no tenía la lección lista, el sermón preparado, el consuelo que alivia, casi podríamos decir que respiró con alivio. Otros alabaron la prudencia eclesial: para qué arriesgar a la membresía a un posible contagio, las consecuencias podrían haber sido muy costosas, aun en el corto plazo.
¡Pero basta ya de cardos y espinas, amado hermano! No elegimos ese descanso dominical ni estamos felices por la suspensión temporal del culto. Esta noción libra nuestras conciencias de toda culpa; no nos parece justo, por tanto, ningún reproche.
El impacto de la contingencia sanitaria, en todo caso, será mayor en la economía, la educación, el sano entretenimiento y los sentimientos de las personas. Según la Secretaría de Hacienda, la afectación económica ocasionada por las medidas de aislamiento social será de unos 30 mil millones de pesos, equivalentes a 0.3 por ciento del producto interno bruto (PIB). Por esta razón, las arcas públicas dejarán de percibir diez mil millones de pesos.
Pero, ¿se ha puesto a pensar que, debido a ese cierre temporal del templo, nuestra relación con Cristo podría estar presentando también un déficit? ¿Adónde huyeron los adoradores? La mayoría nos refugiamos en la seguridad de nuestras casas, espantados por una fuerza enemiga feroz. De más está que le reitere que hay que ser obedientes a las autoridades de este mundo o que le recuerde lo que sentencia el Salmo 91, que “ninguna plaga tocará tu morada”. Es por demás.
La cuerda que hoy el Espíritu Santo desea tocar en nuestro corazón tiene que ver más con una visión interior de nuestro diario vivir; es decir, quiere avivar en nuestra alma un dolor por la Casa de Dios, un celo vivo por Sus moradas, una pasión intensa, una ambición desmedida: para decirlo claro, codicia por sus atrios.
A los judíos les fue quitado por tres años y medio el continuo sacrificio, y quedaron interiormente devastados; a los cristianos, doce días de templos cerrados y ¿en qué estado quedó nuestra alma? ¿Deseó tu alma el santuario como el ciervo cuando muere de sed en el desierto? ¿Regresaste al altar con la pasión renovada?
O… ¿sigues llegando tarde a la casa de oración?
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