Senectud
Anciano de días
Por Asael Velázquez
El bombardeo mediático, los avances tecnológicos y, en general, la modernidad han trastocado de tal modo los valores de la sociedad que la gente se ha alejado dramáticamente de lo que enseña la Palabra de Dios. Y esa vorágine por lo inmediato (ser, tener y consumir) ha arrastrado a algunos cristianos a olvidarse de las cosas de arriba y a poner sus ojos en las cosas de la tierra.
Pero las Sagradas Escrituras, Palabra viva y eficaz, nos aconsejan ahora que nos paremos en los caminos y miremos y preguntemos por las sendas antiguas cuál sea el buen camino. Y una vez que lo hayamos encontrado hay que caminar por ese sendero, para encontrar descanso para nuestras almas (Jer 6:16)
Un buen ejemplo de cómo los valores humanos están patas para arriba (mis pensamientos no son vuestros pensamientos, dice el Señor en Isaías) es el trato que la sociedad da a los ancianos, a quienes muchas veces se les arrumba en un rincón de la casa, se les ve como un estorbo y se les mide por su inutilidad para producir bienes o sacarles algún provecho.
Algunos se han convertido en una carga para la familia, sobre todo cuando los viejos arrastran con ellos todas las enfermedades del mundo. Muchos quisieran confinarlos a los hospitales, a los asilos o a los panteones.
Pero la Biblia mide con otra vara a los ancianos y ordena un trato especial para ellos.
“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová” (Lev. 19:32); el apóstol Pedro agrega “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos” (1ª. 5:5); a lo que el apóstol Pablo ordenaba “No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre” (1ª. Tim 5:1), y el proverbista considera que “corona de honra es la vejez” y que “la hermosura de los ancianos es la vejez”.
Un anciano era y debe ser para los hijos de Dios motivo de honra.
No en balde algunos profetas, como Daniel (7:22), comparan al Eterno Dios como un “anciano de días” y al final del tiempo estarán junto al trono del Dios Altísimo, según la visión del apóstol Juan, 24 ancianos en sus respectivos tronos y con sus coronas.
Además, los apóstoles llaman “ancianos” a los pastores, obispos y, en general, al encargado de una congregación, una familia o hasta quienes deben juzgar, porque son los de mayor experiencia (como los 70 ancianos nombrados por Moisés).
Ahora bien, la eterna Palabra de Dios no esconde la fragilidad y penurias de esta edad. El Salmo 90 habla de molestia y trabajo cuando se rebasa la edad de la plenitud y el capítulo 12 del Eclesiastés describe dramáticamente la decadencia del cuerpo físico de los viejos. En cambio, para quienes conserven su relación intacta con Dios existe la promesa de que “aún en la vejez estarán vigorosos y verdes para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto”.
¿Entonces ser viejito me da permiso de hacer lo que yo quiera?
De ninguna manera, a ellos el apóstol Pablo les ordena “que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia. Las ancianas asimismo sea reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, sujetas a su marido, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada”.
Los valores enseñados por la Biblia son eternos, no caducan con el tiempo o con el espacio geográfico. Los principios son aplicables a cualquier persona y el plan de Dios es que la familia sea la base de la comunidad, en la cual los ancianos tienen un lugar especial, porque eso es justo, porque han dejado la fuerza de su juventud en procurar que los hijos y hasta los nietos tengan bienestar y estabilidad. Y porque ellos nos enseñaron y heredaron el conocimiento del Dios verdadero. Y la ordenanza divina es que los hijos de Dios “aprendan (…) a recompensar a sus padres, porque esto es lo honesto y agradable delante de Dios” (1ª. Tim 5:4)
Porque si no puedes honrar al anciano que tus ojos ven…
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lunes, 15 de junio de 2009
Niño a los cien años
Por Juan Elías Vázquez
El profeta Isaías ministró durante un tiempo de gran decadencia espiritual. En el capítulo tercero de su libro, predijo cómo serían los días de Judá, por cuanto no se volvieron al Dios de sus padres: “Porque he aquí que el Señor Jehová de los ejércitos quita de Jerusalén y de Judá al sustentador y al fuerte, todo sustento de pan y todo socorro de agua; el valiente y el hombre de guerra, el juez y el profeta, el adivino y el anciano”. A este escenario de ruina moral y económica, habrá que añadir el de la debacle política: “Y les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores” (Is 3:1,2,4,5).
A Timoteo, el apóstol Pablo le aconseja que no permita que nadie menosprecie su ministerio por ser joven. En esta porción de la Biblia, en cambio, juventud viene a ser sinónimo de inexperiencia y vanidad. Semejante a aquel momento crucial para Israel en que Roboam, el patético sucesor de Salomón, decide rechazar las advertencias de los ancianos y opta por seguir los absurdos consejos de jóvenes ensoberbecidos. No es tanto la juventud y su inexperiencia lo que censura las Escrituras; más bien, se pone en tela de juicio la irresponsabilidad o falta de mesura que evidencia un espíritu pueril actuando en una persona adulta (“cuando era niño, pensaba como niño”, sentencia Pablo). Por ello, el Eclesiastés clama: ¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es muchacho, y tus príncipes banquetean de mañana” (v.16). Ese exceso de sensualidad juvenil revuelve las entrañas del profeta de tal manera que arremete con dureza contra “los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende” (Isaías 5:11).
No hay razón para dudar del buen gobierno de los jóvenes y sus juicios. No obstante, el juicio divino se hace patente cuando una sociedad rehúsa y niega oír y actuar en consonancia con la experiencia de sus padres. El signo más visible de los tiempos de que habla Isaías tiene que ver con un conflicto generacional que ha traído maldición sobre el pueblo: “Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual cont
ra su vecino; el joven se levantará contra el anciano...” A tal punto que: “los opresores de mi pueblo son muchachos”.
Si el profeta Isaías trajera palabra sobre México, esa Palabra traería juicio. Pues no cabe duda que en nuestra sociedad de adultos “fuertes, competitivos y lúcidos” ni la voz del joven imberbe vale tanto, menos todavía la de un anciano. Es lugar común aquella frase que retrata la posición de un viejo: “esos viejecitos que ya tenemos como un mueble inservible”. Que si caminan lentos, que si ya “chochean” (o sea, que no dan una cuando opinan), que si huelen mal, que si son muy criticones, que si ya no aportan ni un cinco para su manutención. ¡Cuidado!, que podríamos estar llegando a un nivel de soberbia e iniquidad insoportables para el Juez Justo.
De los ancianos hay que agradecer que nos muestren los obstáculos de un camino que ellos ya fueron y vinieron. Hay que aprovechar su sabiduría, que en la Biblia es sinónimo de prudencia, y no tanto de inteligencia. Sin embargo, los que son viejos han aprendido que una mente que se cultiva con constancia se mantiene joven y lúcida. Hay que reconocer su papel insustituible en nuestra sociedad, la amabilidad de su compañía y su ternura.
Si hay que tomar en cuenta la opinión de un joven, con mayor razón la de un anciano. Es una clase de respeto diferente, de otra naturaleza. Tiene que ver con un respeto reverencial, que físicamente se manifiesta con el beso que damos en su mano. No podemos, por tanto, menospreciar a un anciano o decirle, por ejemplo, que huele mal o que ya estorba y, jamás, por ningún motivo, lamentarnos de que nuestro viejito siga tan cosijoso o que siga viviendo. Isaías termina su libro con palabras de victoria. En ellas puede leerse, hablando de un futuro próximo: “No habrá más allí niño que muera de pocos días ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años...” (Is 65:20).
Por Juan Elías Vázquez
El profeta Isaías ministró durante un tiempo de gran decadencia espiritual. En el capítulo tercero de su libro, predijo cómo serían los días de Judá, por cuanto no se volvieron al Dios de sus padres: “Porque he aquí que el Señor Jehová de los ejércitos quita de Jerusalén y de Judá al sustentador y al fuerte, todo sustento de pan y todo socorro de agua; el valiente y el hombre de guerra, el juez y el profeta, el adivino y el anciano”. A este escenario de ruina moral y económica, habrá que añadir el de la debacle política: “Y les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores” (Is 3:1,2,4,5).
A Timoteo, el apóstol Pablo le aconseja que no permita que nadie menosprecie su ministerio por ser joven. En esta porción de la Biblia, en cambio, juventud viene a ser sinónimo de inexperiencia y vanidad. Semejante a aquel momento crucial para Israel en que Roboam, el patético sucesor de Salomón, decide rechazar las advertencias de los ancianos y opta por seguir los absurdos consejos de jóvenes ensoberbecidos. No es tanto la juventud y su inexperiencia lo que censura las Escrituras; más bien, se pone en tela de juicio la irresponsabilidad o falta de mesura que evidencia un espíritu pueril actuando en una persona adulta (“cuando era niño, pensaba como niño”, sentencia Pablo). Por ello, el Eclesiastés clama: ¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es muchacho, y tus príncipes banquetean de mañana” (v.16). Ese exceso de sensualidad juvenil revuelve las entrañas del profeta de tal manera que arremete con dureza contra “los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende” (Isaías 5:11).
No hay razón para dudar del buen gobierno de los jóvenes y sus juicios. No obstante, el juicio divino se hace patente cuando una sociedad rehúsa y niega oír y actuar en consonancia con la experiencia de sus padres. El signo más visible de los tiempos de que habla Isaías tiene que ver con un conflicto generacional que ha traído maldición sobre el pueblo: “Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual cont
ra su vecino; el joven se levantará contra el anciano...” A tal punto que: “los opresores de mi pueblo son muchachos”. Si el profeta Isaías trajera palabra sobre México, esa Palabra traería juicio. Pues no cabe duda que en nuestra sociedad de adultos “fuertes, competitivos y lúcidos” ni la voz del joven imberbe vale tanto, menos todavía la de un anciano. Es lugar común aquella frase que retrata la posición de un viejo: “esos viejecitos que ya tenemos como un mueble inservible”. Que si caminan lentos, que si ya “chochean” (o sea, que no dan una cuando opinan), que si huelen mal, que si son muy criticones, que si ya no aportan ni un cinco para su manutención. ¡Cuidado!, que podríamos estar llegando a un nivel de soberbia e iniquidad insoportables para el Juez Justo.
De los ancianos hay que agradecer que nos muestren los obstáculos de un camino que ellos ya fueron y vinieron. Hay que aprovechar su sabiduría, que en la Biblia es sinónimo de prudencia, y no tanto de inteligencia. Sin embargo, los que son viejos han aprendido que una mente que se cultiva con constancia se mantiene joven y lúcida. Hay que reconocer su papel insustituible en nuestra sociedad, la amabilidad de su compañía y su ternura.
Si hay que tomar en cuenta la opinión de un joven, con mayor razón la de un anciano. Es una clase de respeto diferente, de otra naturaleza. Tiene que ver con un respeto reverencial, que físicamente se manifiesta con el beso que damos en su mano. No podemos, por tanto, menospreciar a un anciano o decirle, por ejemplo, que huele mal o que ya estorba y, jamás, por ningún motivo, lamentarnos de que nuestro viejito siga tan cosijoso o que siga viviendo. Isaías termina su libro con palabras de victoria. En ellas puede leerse, hablando de un futuro próximo: “No habrá más allí niño que muera de pocos días ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años...” (Is 65:20).
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