Jesucristo derrotó al VIH
Por Joel Vázquez Embriz
Se sabía en la Iglesia que la hermana Ana Celorio y su pequeño hijo Abraham estaban enfermos de sida. La hermana Ana fue contagiada por su esposo, ya fallecido, mientras que Abraham tenía VIH desde su nacimiento. Por labios de ella, y al no poder ocultarlo, la congregación se había enterado. Quien se veía más enfermo era el niño. Varias veces tuvieron que internarlo en el hospital, y los médicos no daban muchas esperanzas. En una de esas visitas forzadas a la clínica quiso el Señor Jesucristo comenzar a hacer la obra de restauración. La congregación, sobre todo el hermano Carlos Martínez, acudían periódicamente al hospital y ahí oraban con mucha devoción por el niño y su madre. Gracias a esta labor del Espíritu Santo, la hermana Ana comenzó a sanar, aunque primero de su alma, pues ella se había apartado un tiempo del Camino.
El sábado 7 de marzo de 2003, en un culto de sanidad divina, la hermana y su pequeño pasaron al altar para ser ungidos. Habían escuchado que la Palabra de Dios enseñaba que “la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si estuviere en pecados, le serán perdonados” (Stg 5:14, 15). Así pues, ambos fueron puestos en las manos cuidadosas del Señor y los resultados no se hicieron esperar. En un culto dominical posterior, la hermana Ana se levantó y testificó que Dios había desaparecido de su organismo al virus asesino que ningún medicamento puede erradicar. Contó que los médicos no creían que el niño estuviera sano, que pensaban que había algún error en los análisis, si no en los actuales, en los pasados y que, por lo tanto, Abraham nunca había estado enfermo, etcétera. Este milagro ocurrió en la iglesia de Xicaltepec Autopan, Estado de México, lugar al que ahora, cada que hay enfermos en fase terminal, llega el doctor que atendió a Abraham para pedirle al hermano Carlos y a la Iglesia que oren por ellos. Así es Dios que, además de sanar, salva de la muerte espiritual a quienes a Él se allegan.
miércoles, 29 de julio de 2009
Rescató a mi bebé de terapia intensiva
Por Elsa Mendoza
Una infección en la garganta de Dana Gimena, de dos meses, se bajó al estómago y se complicó. La más pequeña de mis dos hijas tenía diarrea, vómito y dolorosos cólicos y se fue agravando. Oramos en familia y, entre lágrimas, entregué a mi hija a la voluntad del Señor porque, después de todo, de Él había venido. Para el 30 de enero estábamos en Urgencias del hospital del IMSS, porque la nena presentó una distensión abdominal de 44 cm, pues una mala dosis del medicamento provocó un colapso en el intestino y éste se paralizó. A la mañana siguiente estaba en terapia intensiva, los doctores dijeron que la niña estaba muy grave y que por ninguna razón debía irme. Su vida corría peligro, se operara o no. Todos los días clamábamos al Señor. La pequeña se consumía día a día por el riguroso ayuno que tuvo. Le hicieron muchos estudios y le aplicaron medicamentos todo el tiempo: estaba muy lastimada. Recibíamos el reporte médico como un golpe diario, pues no había mejoría. En el pasillo de terapia encontramos a otros padres, casi todos cristianos, que nos dieron apoyo y consuelo, pues orábamos unos por otros. Un amigo nos dio Palabra que, cuando supiéramos por qué estábamos allí, regresaríamos a casa con nuestra hija sana, sin necesidad de operación. De pronto, la niña empezó a mejorar, luego más y así, hasta que aceptó hasta 4 onzas de leche, pues antes sólo había recibido nutrición parenteral por medio de un catéter en el cuello, razón por la que no podíamos cargarla, ¡con lo mucho que nos hacía falta a todos!
Luego de otra valoración, que arrojó por tercera vez la posibilidad de una operación, para sorpresa de los médicos y alegría nuestra, la niña mejoró. Luego de 1 mes hospitalizada, Dana está hoy en casa por la misericordia de Dios, ya recuperada. Antes de salir, el personal del hospital elogió la fortaleza física de la niña, pero les dijimos que Dana, por sus propias fuerzas, hubiera librado una batalla perdida. Ganó la guerra en las fuerzas del Señor. Él nunca la abandonó. ¡Bendito y alabado seas Señor, porque ella nunca estuvo sola, Tú siempre la cuidaste!
* Diseñadora de La Voz del Amado
Por Elsa Mendoza
Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz
y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.
Isaías 60:1
y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti.
Isaías 60:1
Una infección en la garganta de Dana Gimena, de dos meses, se bajó al estómago y se complicó. La más pequeña de mis dos hijas tenía diarrea, vómito y dolorosos cólicos y se fue agravando. Oramos en familia y, entre lágrimas, entregué a mi hija a la voluntad del Señor porque, después de todo, de Él había venido. Para el 30 de enero estábamos en Urgencias del hospital del IMSS, porque la nena presentó una distensión abdominal de 44 cm, pues una mala dosis del medicamento provocó un colapso en el intestino y éste se paralizó. A la mañana siguiente estaba en terapia intensiva, los doctores dijeron que la niña estaba muy grave y que por ninguna razón debía irme. Su vida corría peligro, se operara o no. Todos los días clamábamos al Señor. La pequeña se consumía día a día por el riguroso ayuno que tuvo. Le hicieron muchos estudios y le aplicaron medicamentos todo el tiempo: estaba muy lastimada. Recibíamos el reporte médico como un golpe diario, pues no había mejoría. En el pasillo de terapia encontramos a otros padres, casi todos cristianos, que nos dieron apoyo y consuelo, pues orábamos unos por otros. Un amigo nos dio Palabra que, cuando supiéramos por qué estábamos allí, regresaríamos a casa con nuestra hija sana, sin necesidad de operación. De pronto, la niña empezó a mejorar, luego más y así, hasta que aceptó hasta 4 onzas de leche, pues antes sólo había recibido nutrición parenteral por medio de un catéter en el cuello, razón por la que no podíamos cargarla, ¡con lo mucho que nos hacía falta a todos!

Luego de otra valoración, que arrojó por tercera vez la posibilidad de una operación, para sorpresa de los médicos y alegría nuestra, la niña mejoró. Luego de 1 mes hospitalizada, Dana está hoy en casa por la misericordia de Dios, ya recuperada. Antes de salir, el personal del hospital elogió la fortaleza física de la niña, pero les dijimos que Dana, por sus propias fuerzas, hubiera librado una batalla perdida. Ganó la guerra en las fuerzas del Señor. Él nunca la abandonó. ¡Bendito y alabado seas Señor, porque ella nunca estuvo sola, Tú siempre la cuidaste!
* Diseñadora de La Voz del Amado
Etiquetas:
junio-julio de 2009 no. 17,
Segundo Aniversario,
Testimonios
Influenza
¿Epidemia o pecado?
Por Juan Elías Vázquez
Cuando la influenza se hallaba en su pico más alto, un columnista de un importante diario capitalino comparaba la epidemia mexicana con las plagas de Egipto. Las nuestras, decía el periodista, han sido muchas más de diez: influenza, obesidad, terremotos, inundaciones, sequías, adicciones, pobreza, ignorancia, corrupción, cacicazgos, partidos políticos, crisis económicas, narcotráfico, ejecuciones, inseguridad, ilegalidad, ambulantaje, etcétera. Desde esta perspectiva, nuestro cuadro “epidemiológico” hace ver a Egipto como una caricatura de nación en crisis. ¡Mucho cuidado con esta clase de comparaciones! Porque al Faraón y a su pueblo la peste les llegó por causa de su desobediencia y rebeldía ante el Todopoderoso. Lo que le está pasando a México, por lo tanto, podríamos pensar, es consecuencia de su pecado delante de Dios.
Al grado de descomposición institucional en el país hay que añadir lo que a los ojos bíblicos significa la transgresión de la ley divina, como por ejemplo la legalización del aborto o de los matrimonios homosexuales o la permisión para portar ciertas cantidades de droga. Adquirir un perfil moderno y democrático le ha salido caro al país.
¿Será, entonces, que nuestro alcance de prevaricación (“quebrantamiento de una ley”) delante del Señor ha acarreado nuestros males? Cuesta trabajo aceptarlo, por lo menos en nuestra casa. Es muy fácil afirmar que Dios ha castigado duramente al continente asiático (con tsunamis, gripe aviar, etcétera) debido a su idolatría y a la corrupción de sus costumbres y hábitos alimenticios. Pero… ¿y a nosotros?
Vivimos una época de incredulidad y sospecha. Muchas personas medianamente educadas consideran que creer en Dios no sólo es una pérdida de tiempo, sino que también implica un retroceso intelectual. Con ligereza aducen: “Es que soy agnóstico”, como si eso los volviera superiores. No creer y sospechar van de la mano. Por eso, bajo ningún concepto “racional”, nos podemos atrever a afirmar que las pestes que estamos padeciendo son castigo de Dios.
Pero el cristiano verdadero sabe que esto que vivimos es consecuencia del alto nivel de descomposición social, moral y ética de nuestra nación, que corroe desde los estratos más altos hasta los inferiores; consecuencias lógicas de una estructura corrompida y carente de solidaridad con las clases más desfavorecidas. ¿Y los fenómenos naturales? Signo de los tiempos, fruto de políticas ineficientes en materia de planeación ecológica; resultado del consumo ávido e irracional de los recursos no renovables.
Cualquier otra explicación lógica es aceptable, menos atribuir nuestras desgracias y pasiones doloridas en tiempos de la influenza al juicio Divino. Quien afirme cosa semejante, pobre ingenuo, es oído con una risita condescendiente y recibido con una palmadita en la espalda: “Ya está bien, muchacho(a), te creemos, no te sulfures”.
¿Será que el cristianismo histórico ya no cabe en este mundo rebasado por la historia?
¿Epidemia o pecado?
Por Juan Elías Vázquez
Cuando la influenza se hallaba en su pico más alto, un columnista de un importante diario capitalino comparaba la epidemia mexicana con las plagas de Egipto. Las nuestras, decía el periodista, han sido muchas más de diez: influenza, obesidad, terremotos, inundaciones, sequías, adicciones, pobreza, ignorancia, corrupción, cacicazgos, partidos políticos, crisis económicas, narcotráfico, ejecuciones, inseguridad, ilegalidad, ambulantaje, etcétera. Desde esta perspectiva, nuestro cuadro “epidemiológico” hace ver a Egipto como una caricatura de nación en crisis. ¡Mucho cuidado con esta clase de comparaciones! Porque al Faraón y a su pueblo la peste les llegó por causa de su desobediencia y rebeldía ante el Todopoderoso. Lo que le está pasando a México, por lo tanto, podríamos pensar, es consecuencia de su pecado delante de Dios.
Al grado de descomposición institucional en el país hay que añadir lo que a los ojos bíblicos significa la transgresión de la ley divina, como por ejemplo la legalización del aborto o de los matrimonios homosexuales o la permisión para portar ciertas cantidades de droga. Adquirir un perfil moderno y democrático le ha salido caro al país.
¿Será, entonces, que nuestro alcance de prevaricación (“quebrantamiento de una ley”) delante del Señor ha acarreado nuestros males? Cuesta trabajo aceptarlo, por lo menos en nuestra casa. Es muy fácil afirmar que Dios ha castigado duramente al continente asiático (con tsunamis, gripe aviar, etcétera) debido a su idolatría y a la corrupción de sus costumbres y hábitos alimenticios. Pero… ¿y a nosotros?
Vivimos una época de incredulidad y sospecha. Muchas personas medianamente educadas consideran que creer en Dios no sólo es una pérdida de tiempo, sino que también implica un retroceso intelectual. Con ligereza aducen: “Es que soy agnóstico”, como si eso los volviera superiores. No creer y sospechar van de la mano. Por eso, bajo ningún concepto “racional”, nos podemos atrever a afirmar que las pestes que estamos padeciendo son castigo de Dios.
Pero el cristiano verdadero sabe que esto que vivimos es consecuencia del alto nivel de descomposición social, moral y ética de nuestra nación, que corroe desde los estratos más altos hasta los inferiores; consecuencias lógicas de una estructura corrompida y carente de solidaridad con las clases más desfavorecidas. ¿Y los fenómenos naturales? Signo de los tiempos, fruto de políticas ineficientes en materia de planeación ecológica; resultado del consumo ávido e irracional de los recursos no renovables.
Cualquier otra explicación lógica es aceptable, menos atribuir nuestras desgracias y pasiones doloridas en tiempos de la influenza al juicio Divino. Quien afirme cosa semejante, pobre ingenuo, es oído con una risita condescendiente y recibido con una palmadita en la espalda: “Ya está bien, muchacho(a), te creemos, no te sulfures”.
¿Será que el cristianismo histórico ya no cabe en este mundo rebasado por la historia?
Etiquetas:
Controversia,
Influenza,
junio-julio de 2009 no. 17,
Segundo Aniversario
Quizá habrá aquí diez justos...
Por Félix Martínez García
La más gratificante es saber que, entre nosotros, viven al menos diez justos. Viene a mi mente el pasaje de Génesis 18, cuando Abraham intercede por una decadente y pecadora ciudad –tan parecida ahora a la nuestra– a la que Dios iba a destruir, en la que, ni siquiera, una decena de justos fue hallada para que Dios no destruyese a esa gente.
La presencia de justos a lo largo de los tiempos ha propiciado el engrandecimiento de la paciencia de Dios y una oportunidad más para que los demás busquemos el rostro de Dios. Es necesario entonces definir cómo son los justos de nuestros tiempos.
Por ejemplo, en los tiempos del rey Herodes, Dios tenía en su memoria a dos personas que el evangelista Lucas describe como un hombre y una mujer sin reprensión alguna, acatando todos los mandamientos y estatutos de Dios.
Los justos de nuestros tiempos no son diferentes. Son hombres y mujeres temerosos de Dios. Pero ¿dónde están?, ¿quiénes son?, ¿cómo viven? Sólo Dios los conoce y, dicho sea con mayor propiedad, ellos conforman la Novia de Cristo.
Pero estamos convencidos de que hoy, como en los días de Herodes, estos justos tienen un nombre, un oficio, un hogar. Zacarías y Elisabeth, justos que habitaron este mundo hace más de dos mil años, hacían de esta tierra un lugar de adoración a Dios. Por eso Dios volteó la vista hacia ellos.
Pero no los sacrilicemos. La Biblia no esconde las fallas humanas. Porque inclusive estos justos tuvieron debilidades. Es sabido cómo Zacarías, un hombre viejo, cuando escucha a un ángel que iba a ser el progenitor de Juan el Bautista, este justo no creyó y por esa causa permaneció mudo hasta el nacimiento del niño.
La falta de fe en el anuncio del ángel evidencia la naturaleza humana de Zacarías, el justo; del mismo modo, los justos de nuestros tiempos tienen éstas y otras debilidades. Poder ver este comportamiento en los justos nos hace apreciar aún más la misericordia de Dios, porque perdonó la destrucción de esta pecadora ciudad y, para eso, hubo, al menos, diez justos de carne y hueso.
Ahora bien, en esta contingencia sanitaria Dios fue fiel…
¿Pero tú? ¿Qué pensaste cuando oíste por primera vez las extremas medidas tomadas por el gobierno mexicano? ¿Te dio miedo o te dio gozo? ¿Te acordaste de Dios o lo dejaste al final de tus pensamientos? ¿Qué planeaste hacer con tus hijos? ¿Pensaste en el apocalipsis, en el rapto, en los tiempos finales o saliste corriendo a realizar compras de pánico?
Quizá, como a Elías, hombre de semejantes pasiones a las nuestras, te entró el terror.
¿Pero, acaso no está escrito que el justo por la fe vivirá y el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente?
¿Acaso no está escrito que el justo dice a Jehová: Esperanza mía y castillo mío?
¿Acaso no está escrito que Dios libra al justo del lazo del cazador y de la PESTE destruidora?
Porque muchos cristianos modernos en esta contingencia confiaron más en el Teraflú, el tapabocas y la vacuna de la influenza que en la oración del justo, que obra eficazmente. Otros, más tibios, se pusieron el tapabocas, simplemente, por si fallaban las promesas de lo alto.
Por Félix Martínez García
Y eran ambos justos delante de Dios,
andando sin reprension en todos los
mandamientos y estatutos del Señor
Lucas1-5.
En el contexto de la alerta sanitaria por el virus de la influenza humana, no pude resistir enviar un mensaje al pueblo cristiano, porque esta contingencia epidemiológica tiene una connotación espiritual que no debe pasar inadvertida.
andando sin reprension en todos los
mandamientos y estatutos del Señor
Lucas1-5.
En el contexto de la alerta sanitaria por el virus de la influenza humana, no pude resistir enviar un mensaje al pueblo cristiano, porque esta contingencia epidemiológica tiene una connotación espiritual que no debe pasar inadvertida.
Porque hay que saber leer estos últimos acontecimientos desde la perspectiva espiritual, desde el punto de vista divino, de las Sagradas Escrituras, para entender que a este país, a esta ciudad, Dios la tuvo en su noticia y salvó a la población de un mal mayor, porque en esta ciudad y en este país viven, al menos, diez justos.
La misericordia de Dios se hizo patente, porque sólo un Dios misericordioso acepta truncar una catástrofe mayor y, aun en los casos fatídicos, un castigo mayor. Porque sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, por eso debemos sacar lecciones importantes de esta crisis sanitaria.La más gratificante es saber que, entre nosotros, viven al menos diez justos. Viene a mi mente el pasaje de Génesis 18, cuando Abraham intercede por una decadente y pecadora ciudad –tan parecida ahora a la nuestra– a la que Dios iba a destruir, en la que, ni siquiera, una decena de justos fue hallada para que Dios no destruyese a esa gente.
La presencia de justos a lo largo de los tiempos ha propiciado el engrandecimiento de la paciencia de Dios y una oportunidad más para que los demás busquemos el rostro de Dios. Es necesario entonces definir cómo son los justos de nuestros tiempos.
Por ejemplo, en los tiempos del rey Herodes, Dios tenía en su memoria a dos personas que el evangelista Lucas describe como un hombre y una mujer sin reprensión alguna, acatando todos los mandamientos y estatutos de Dios.
Los justos de nuestros tiempos no son diferentes. Son hombres y mujeres temerosos de Dios. Pero ¿dónde están?, ¿quiénes son?, ¿cómo viven? Sólo Dios los conoce y, dicho sea con mayor propiedad, ellos conforman la Novia de Cristo.
Pero estamos convencidos de que hoy, como en los días de Herodes, estos justos tienen un nombre, un oficio, un hogar. Zacarías y Elisabeth, justos que habitaron este mundo hace más de dos mil años, hacían de esta tierra un lugar de adoración a Dios. Por eso Dios volteó la vista hacia ellos.
Pero no los sacrilicemos. La Biblia no esconde las fallas humanas. Porque inclusive estos justos tuvieron debilidades. Es sabido cómo Zacarías, un hombre viejo, cuando escucha a un ángel que iba a ser el progenitor de Juan el Bautista, este justo no creyó y por esa causa permaneció mudo hasta el nacimiento del niño.
La falta de fe en el anuncio del ángel evidencia la naturaleza humana de Zacarías, el justo; del mismo modo, los justos de nuestros tiempos tienen éstas y otras debilidades. Poder ver este comportamiento en los justos nos hace apreciar aún más la misericordia de Dios, porque perdonó la destrucción de esta pecadora ciudad y, para eso, hubo, al menos, diez justos de carne y hueso.
Ahora bien, en esta contingencia sanitaria Dios fue fiel…
¿Pero tú? ¿Qué pensaste cuando oíste por primera vez las extremas medidas tomadas por el gobierno mexicano? ¿Te dio miedo o te dio gozo? ¿Te acordaste de Dios o lo dejaste al final de tus pensamientos? ¿Qué planeaste hacer con tus hijos? ¿Pensaste en el apocalipsis, en el rapto, en los tiempos finales o saliste corriendo a realizar compras de pánico?
Quizá, como a Elías, hombre de semejantes pasiones a las nuestras, te entró el terror.
¿Pero, acaso no está escrito que el justo por la fe vivirá y el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente?
¿Acaso no está escrito que el justo dice a Jehová: Esperanza mía y castillo mío?
¿Acaso no está escrito que Dios libra al justo del lazo del cazador y de la PESTE destruidora?
Porque muchos cristianos modernos en esta contingencia confiaron más en el Teraflú, el tapabocas y la vacuna de la influenza que en la oración del justo, que obra eficazmente. Otros, más tibios, se pusieron el tapabocas, simplemente, por si fallaban las promesas de lo alto.
Etiquetas:
Influenza,
junio-julio de 2009 no. 17,
Segundo Aniversario
¿Codicia tu alma la casa de oración?
Por Juan Elías Vázquez
Hubo una época en que ni un alma era vista en el templo. Los adoradores habían huido lejos, acrisolados por una fuerza enemiga feroz. A ese periodo terrible –que fue acompañado por la profanación del santuario, entre 175 y 170 aC–, el pueblo de Dios lo recuerda como la abominación desoladora, la más espantosa de todos los tiempos. En ese tiempo el salmista bien podría haber dicho: “Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová” (Sal 84:2).
Hace unos días, concretamente los domingos 26 de abril y 3 de mayo de 2009, por disposición oficial, muchos templos del Distrito Federal y área metropolitana se hallaban igualmente vacíos. Los fieles católicos se conformaron con ver a sus santos detrás de un enrejado o se limitaron a oír misa por televisión. Respecto de la Iglesia evangélica, muchos templos, aunque no todos, se mantuvieron también cerrados al culto público.
La causa no podía ser desestimada: hubo que obedecer un mandato del gobierno y cerrar temporalmente los recintos debido a la contingencia sanitaria por el virus de la influenza AH1N1. Los evangélicos hemos sido tradicionalmente muy respetuosos de las autoridades, que por Dios han sido establecidas (Rom. 13:1), de manera que, en general, se acato la disposición oficial.
¿Desde hace cuánto no permanecía usted un domingo en casa? Era mediodía o en la tarde y usted no iría a la casa de oración. La mañana se presentaba idónea para el asueto, se podía visitar a los familiares y amigos o permanecer de plano en la dulce ociosidad doméstica. Las opiniones al respecto eran muy variadas: “Ante todo –nos escuchábamos decir– hay que respetar las órdenes de la autoridad, que para eso es la autoridad”. “Un desacato de nuestra parte podría ocasionar la clausura del templo y un mal testimonio ante los vecinos”. También tuvimos oportunidad de opinar acerca de nuestros hermanos: “a Fulano y a Zutana les va caer de perlas el descanso; así por lo menos ni se va a notar que faltan, como casi siempre”. Por ahí supimos también que hubo necios que, a pesar de la suspensión del culto público, se atrevieron a abrir los templos.
Al pastor, al predicador, al maestro de niños, ¿cómo les caería este cierre inesperado? El que no tenía la lección lista, el sermón preparado, el consuelo que alivia, casi podríamos decir que respiró con alivio. Otros alabaron la prudencia eclesial: para qué arriesgar a la membresía a un posible contagio, las consecuencias podrían haber sido muy costosas, aun en el corto plazo.
¡Pero basta ya de cardos y espinas, amado hermano! No elegimos ese descanso dominical ni estamos felices por la suspensión temporal del culto. Esta noción libra nuestras conciencias de toda culpa; no nos parece justo, por tanto, ningún reproche.
El impacto de la contingencia sanitaria, en todo caso, será mayor en la economía, la educación, el sano entretenimiento y los sentimientos de las personas. Según la Secretaría de Hacienda, la afectación económica ocasionada por las medidas de aislamiento social será de unos 30 mil millones de pesos, equivalentes a 0.3 por ciento del producto interno bruto (PIB). Por esta razón, las arcas públicas dejarán de percibir diez mil millones de pesos.
Pero, ¿se ha puesto a pensar que, debido a ese cierre temporal del templo, nuestra relación con Cristo podría estar presentando también un déficit? ¿Adónde huyeron los adoradores? La mayoría nos refugiamos en la seguridad de nuestras casas, espantados por una fuerza enemiga feroz. De más está que le reitere que hay que ser obedientes a las autoridades de este mundo o que le recuerde lo que sentencia el Salmo 91, que “ninguna plaga tocará tu morada”. Es por demás.
La cuerda que hoy el Espíritu Santo desea tocar en nuestro corazón tiene que ver más con una visión interior de nuestro diario vivir; es decir, quiere avivar en nuestra alma un dolor por la Casa de Dios, un celo vivo por Sus moradas, una pasión intensa, una ambición desmedida: para decirlo claro, codicia por sus atrios.
A los judíos les fue quitado por tres años y medio el continuo sacrificio, y quedaron interiormente devastados; a los cristianos, doce días de templos cerrados y ¿en qué estado quedó nuestra alma? ¿Deseó tu alma el santuario como el ciervo cuando muere de sed en el desierto? ¿Regresaste al altar con la pasión renovada?
O… ¿sigues llegando tarde a la casa de oración?
Por Juan Elías Vázquez
Hubo una época en que ni un alma era vista en el templo. Los adoradores habían huido lejos, acrisolados por una fuerza enemiga feroz. A ese periodo terrible –que fue acompañado por la profanación del santuario, entre 175 y 170 aC–, el pueblo de Dios lo recuerda como la abominación desoladora, la más espantosa de todos los tiempos. En ese tiempo el salmista bien podría haber dicho: “Codicia y aun ardientemente desea mi alma los atrios de Jehová” (Sal 84:2).
Hace unos días, concretamente los domingos 26 de abril y 3 de mayo de 2009, por disposición oficial, muchos templos del Distrito Federal y área metropolitana se hallaban igualmente vacíos. Los fieles católicos se conformaron con ver a sus santos detrás de un enrejado o se limitaron a oír misa por televisión. Respecto de la Iglesia evangélica, muchos templos, aunque no todos, se mantuvieron también cerrados al culto público.
La causa no podía ser desestimada: hubo que obedecer un mandato del gobierno y cerrar temporalmente los recintos debido a la contingencia sanitaria por el virus de la influenza AH1N1. Los evangélicos hemos sido tradicionalmente muy respetuosos de las autoridades, que por Dios han sido establecidas (Rom. 13:1), de manera que, en general, se acato la disposición oficial.
¿Desde hace cuánto no permanecía usted un domingo en casa? Era mediodía o en la tarde y usted no iría a la casa de oración. La mañana se presentaba idónea para el asueto, se podía visitar a los familiares y amigos o permanecer de plano en la dulce ociosidad doméstica. Las opiniones al respecto eran muy variadas: “Ante todo –nos escuchábamos decir– hay que respetar las órdenes de la autoridad, que para eso es la autoridad”. “Un desacato de nuestra parte podría ocasionar la clausura del templo y un mal testimonio ante los vecinos”. También tuvimos oportunidad de opinar acerca de nuestros hermanos: “a Fulano y a Zutana les va caer de perlas el descanso; así por lo menos ni se va a notar que faltan, como casi siempre”. Por ahí supimos también que hubo necios que, a pesar de la suspensión del culto público, se atrevieron a abrir los templos.
Al pastor, al predicador, al maestro de niños, ¿cómo les caería este cierre inesperado? El que no tenía la lección lista, el sermón preparado, el consuelo que alivia, casi podríamos decir que respiró con alivio. Otros alabaron la prudencia eclesial: para qué arriesgar a la membresía a un posible contagio, las consecuencias podrían haber sido muy costosas, aun en el corto plazo.
¡Pero basta ya de cardos y espinas, amado hermano! No elegimos ese descanso dominical ni estamos felices por la suspensión temporal del culto. Esta noción libra nuestras conciencias de toda culpa; no nos parece justo, por tanto, ningún reproche.
El impacto de la contingencia sanitaria, en todo caso, será mayor en la economía, la educación, el sano entretenimiento y los sentimientos de las personas. Según la Secretaría de Hacienda, la afectación económica ocasionada por las medidas de aislamiento social será de unos 30 mil millones de pesos, equivalentes a 0.3 por ciento del producto interno bruto (PIB). Por esta razón, las arcas públicas dejarán de percibir diez mil millones de pesos.
Pero, ¿se ha puesto a pensar que, debido a ese cierre temporal del templo, nuestra relación con Cristo podría estar presentando también un déficit? ¿Adónde huyeron los adoradores? La mayoría nos refugiamos en la seguridad de nuestras casas, espantados por una fuerza enemiga feroz. De más está que le reitere que hay que ser obedientes a las autoridades de este mundo o que le recuerde lo que sentencia el Salmo 91, que “ninguna plaga tocará tu morada”. Es por demás.
La cuerda que hoy el Espíritu Santo desea tocar en nuestro corazón tiene que ver más con una visión interior de nuestro diario vivir; es decir, quiere avivar en nuestra alma un dolor por la Casa de Dios, un celo vivo por Sus moradas, una pasión intensa, una ambición desmedida: para decirlo claro, codicia por sus atrios.
A los judíos les fue quitado por tres años y medio el continuo sacrificio, y quedaron interiormente devastados; a los cristianos, doce días de templos cerrados y ¿en qué estado quedó nuestra alma? ¿Deseó tu alma el santuario como el ciervo cuando muere de sed en el desierto? ¿Regresaste al altar con la pasión renovada?
O… ¿sigues llegando tarde a la casa de oración?
Etiquetas:
Influenza,
junio-julio de 2009 no. 17,
Segundo Aniversario
Los tiempos del Señor
Barack Obama ¿el inicio del fin?
Por Olga Miranda
La asunción de Barack Hussein Obama a la presidencia de Estados Unidos, el país más poderoso de la Tierra, ha traído una serie de inquietudes acerca del futuro del planeta. La llegada del primer mandatario negro en esa racista nación ha abierto la puerta a todo tipo de especulaciones escatológicas y muchas personas ya ven cercano el fin del mundo y el inicio del cumplimiento de las profecías bíblicas.
Es cierto que el nuevo mandatario enfrenta un panorama desolador. Estados Unidos vive el peor proceso de recesión económica de su historia, inclusive más devastador que la Gran Depresión de 1929. Esta crisis ha repercutido en todo el mundo, incluido México, por lo que Obama se enfrenta en realidad a una prueba sobre el liderazgo –su liderazgo– de la Unión Americana en el concierto internacional.
Muchos ven esta crisis como el inicio del fin. De acuerdo con una interpretación de las Sagradas Escrituras, el Anticristo –el líder mundial religioso y político que dominará al mundo– tendrá que surgir de la antigua Babilonia, apoyada por diez naciones de Europa. Para eso, el imperio estadounidense tendrá que caer, tarde o temprano. Y según esta visión, el resbalón ya comenzó el año pasado. El dólar se tendrá que supeditar, primero, al euro y luego al resurgimiento del Medio Oriente, de donde saldrá presuntamente el nuevo orden mundial.
Por eso, el relevo presidencial en Estados Unidos cobra especial importancia para el pueblo cristiano, sobre todo al reflexionar que esa aún poderosa nación ha sido baluarte en la predicación del evangelio y en la extensión de los valores bíblicos en el mundo. De ahí han surgido misioneros hacia prácticamente todas las naciones, incluidas las comunidades del norte de México a principios del siglo XX.
Discurso multirracial
Barack Obama nació en Honolulu, Hawaii. Está casado con Michelle Robinson Obama. La pareja tiene dos hijas: Malia Ann y Natasha (Sasha).
El 20 de enero pasado prestó juramento como el 44 presidente de Estados Unidos. Recibe como herencia de George Bush dos guerras: en Irak y en Afganistán, a las que deben sumarse la recesión económica mundial. Además, deberá enfrentar la crisis de Oriente Medio, una zona especialmente conflictiva. ¿Mantendrá el nuevo mandatario el histórico apoyo a la nación de Israel?
Pero, ¿cómo es que en una nación proverbialmente racista pudo asumir el poder un hombre de origen afroamericano?
El discurso social multirracial de este abogado demócrata de 47 años y su imagen fresca, además de un temple de acero en los momentos cruciales de la contienda, fueron algunas de las principales razones que lo catapultaron a la presidencia.
Obama se graduó de la Universidad de Columbia y de la prestigiosa escuela de derecho Harvard Law School. Fue senador por el estado de Illinois. Apenas fue el quinto legislador afroamericano en el Senado estadounidense y fue el primer candidato afroamericano del Partido Demócrata.
Entre los sueños y la esperanza
Obama regresó a Hawaii a los diez años para vivir con sus abuelos maternos y tener acceso así a una mejor educación. Ese ir y venir lo ha equipado, en su opinión, con las herramientas necesarias para tender puentes y forjar alianzas. Su media hermana, Maya Soetoro-Ng, lo explica de otra manera: “Se mueve entre varios mundos, es lo que ha hecho toda su vida”.
Bautizado por algunos como “la gran esperanza blanca”, por encarnar el sueño de reconciliación en un país con profundas divisiones raciales, Obama ganó relevancia en el panorama político estadounidense durante la convención nacional del Partido Demócrata en Boston, en 2004.
Fue allí donde pronunció el discurso programático en el que instó a cerrar las heridas raciales abiertas en el país. “No hay un EU blanco y un EU negro, sino sólo los Estados Unidos de América”, dijo entonces.
Además de conciliatorio y unificador, el mensaje del joven senador de Illinois fue también un mensaje de esperanza, ingredientes que impregnan desde entonces su retórica.
Su esperanza, según él mismo proclama, “es la de los esclavos entonando cánticos de libertad frente a la lumbre, la de los inmigrantes que emprenden rumbo a costas lejanas”.
Pudo estudiar en las universidades de Columbia y Harvard; luego vino la etapa como profesor y defensor de los derechos civiles en Chicago, su elección como senador estatal y su desembarco como senador en Washington en 2004.
Ayudado por su carisma, Obama se ha ganado una popularidad similar a la de una estrella del rock, que sus rivales políticos han utilizado contra él para presentarlo como una simple “celebridad” con mucha labia y escasa preparación para los desafíos del poder.
Sus dos libros autobiográficos The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza) y Dreams from my father (Sueños de mi padre) se han convertido en los más vendidos.
Los observadores mencionan con frecuencia que el secreto de su éxito obedece a un arma rudimentaria: el poder de la palabra. Pero no sería sino hasta 2004, durante su campaña hacia el Senado, cuando introdujo los elementos de “esperanza, cambio y futuro”, que ahora tiñen la entusiasta retórica que tan buenos resultados le ha dado.
Obama asegura no haberse percatado de su poder dialéctico hasta que participó en una marcha contra la segregación racial en la universidad y descubrió que había captado la atención de los asistentes tras empezar a hablar.
Los congregados se quedaron callados y me miraban”, recuerda en Dreams from my father.
¿Se convertirá este presidente en el último que mantendrá la hegemonía sobre el concierto de las naciones? ¿Disminuirá el histórico apoyo a Israel y lo dejará pelear solo ante las naciones árabes? ¿Usted, qué piensa?
Barack Obama ¿el inicio del fin?
Por Olga Miranda
La asunción de Barack Hussein Obama a la presidencia de Estados Unidos, el país más poderoso de la Tierra, ha traído una serie de inquietudes acerca del futuro del planeta. La llegada del primer mandatario negro en esa racista nación ha abierto la puerta a todo tipo de especulaciones escatológicas y muchas personas ya ven cercano el fin del mundo y el inicio del cumplimiento de las profecías bíblicas.
Es cierto que el nuevo mandatario enfrenta un panorama desolador. Estados Unidos vive el peor proceso de recesión económica de su historia, inclusive más devastador que la Gran Depresión de 1929. Esta crisis ha repercutido en todo el mundo, incluido México, por lo que Obama se enfrenta en realidad a una prueba sobre el liderazgo –su liderazgo– de la Unión Americana en el concierto internacional.

Muchos ven esta crisis como el inicio del fin. De acuerdo con una interpretación de las Sagradas Escrituras, el Anticristo –el líder mundial religioso y político que dominará al mundo– tendrá que surgir de la antigua Babilonia, apoyada por diez naciones de Europa. Para eso, el imperio estadounidense tendrá que caer, tarde o temprano. Y según esta visión, el resbalón ya comenzó el año pasado. El dólar se tendrá que supeditar, primero, al euro y luego al resurgimiento del Medio Oriente, de donde saldrá presuntamente el nuevo orden mundial.
Por eso, el relevo presidencial en Estados Unidos cobra especial importancia para el pueblo cristiano, sobre todo al reflexionar que esa aún poderosa nación ha sido baluarte en la predicación del evangelio y en la extensión de los valores bíblicos en el mundo. De ahí han surgido misioneros hacia prácticamente todas las naciones, incluidas las comunidades del norte de México a principios del siglo XX.
Discurso multirracial
Barack Obama nació en Honolulu, Hawaii. Está casado con Michelle Robinson Obama. La pareja tiene dos hijas: Malia Ann y Natasha (Sasha).
El 20 de enero pasado prestó juramento como el 44 presidente de Estados Unidos. Recibe como herencia de George Bush dos guerras: en Irak y en Afganistán, a las que deben sumarse la recesión económica mundial. Además, deberá enfrentar la crisis de Oriente Medio, una zona especialmente conflictiva. ¿Mantendrá el nuevo mandatario el histórico apoyo a la nación de Israel?
Pero, ¿cómo es que en una nación proverbialmente racista pudo asumir el poder un hombre de origen afroamericano?
El discurso social multirracial de este abogado demócrata de 47 años y su imagen fresca, además de un temple de acero en los momentos cruciales de la contienda, fueron algunas de las principales razones que lo catapultaron a la presidencia.
Obama se graduó de la Universidad de Columbia y de la prestigiosa escuela de derecho Harvard Law School. Fue senador por el estado de Illinois. Apenas fue el quinto legislador afroamericano en el Senado estadounidense y fue el primer candidato afroamericano del Partido Demócrata.
Entre los sueños y la esperanza
Obama regresó a Hawaii a los diez años para vivir con sus abuelos maternos y tener acceso así a una mejor educación. Ese ir y venir lo ha equipado, en su opinión, con las herramientas necesarias para tender puentes y forjar alianzas. Su media hermana, Maya Soetoro-Ng, lo explica de otra manera: “Se mueve entre varios mundos, es lo que ha hecho toda su vida”.
Bautizado por algunos como “la gran esperanza blanca”, por encarnar el sueño de reconciliación en un país con profundas divisiones raciales, Obama ganó relevancia en el panorama político estadounidense durante la convención nacional del Partido Demócrata en Boston, en 2004.
Fue allí donde pronunció el discurso programático en el que instó a cerrar las heridas raciales abiertas en el país. “No hay un EU blanco y un EU negro, sino sólo los Estados Unidos de América”, dijo entonces.
Además de conciliatorio y unificador, el mensaje del joven senador de Illinois fue también un mensaje de esperanza, ingredientes que impregnan desde entonces su retórica.
Su esperanza, según él mismo proclama, “es la de los esclavos entonando cánticos de libertad frente a la lumbre, la de los inmigrantes que emprenden rumbo a costas lejanas”.
Pudo estudiar en las universidades de Columbia y Harvard; luego vino la etapa como profesor y defensor de los derechos civiles en Chicago, su elección como senador estatal y su desembarco como senador en Washington en 2004.
Ayudado por su carisma, Obama se ha ganado una popularidad similar a la de una estrella del rock, que sus rivales políticos han utilizado contra él para presentarlo como una simple “celebridad” con mucha labia y escasa preparación para los desafíos del poder.
Sus dos libros autobiográficos The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza) y Dreams from my father (Sueños de mi padre) se han convertido en los más vendidos.
Los observadores mencionan con frecuencia que el secreto de su éxito obedece a un arma rudimentaria: el poder de la palabra. Pero no sería sino hasta 2004, durante su campaña hacia el Senado, cuando introdujo los elementos de “esperanza, cambio y futuro”, que ahora tiñen la entusiasta retórica que tan buenos resultados le ha dado.
Obama asegura no haberse percatado de su poder dialéctico hasta que participó en una marcha contra la segregación racial en la universidad y descubrió que había captado la atención de los asistentes tras empezar a hablar.
Los congregados se quedaron callados y me miraban”, recuerda en Dreams from my father.
¿Se convertirá este presidente en el último que mantendrá la hegemonía sobre el concierto de las naciones? ¿Disminuirá el histórico apoyo a Israel y lo dejará pelear solo ante las naciones árabes? ¿Usted, qué piensa?
lunes, 15 de junio de 2009
¿Emisario de la paz?
Por Juan Elías Vázquez
El mundo está asqueado de la guerra. Siempre la ha temido; pero nunca antes había podido protestar con tanta libertad y éxito en contra de sus propios gobiernos o de potencias militares agresivas. Las “purgas étnicas”, los atentados terroristas y la guerra en el Medio Oriente son el blanco predilecto de las ONG (Organizaciones No Gubernamentales) y de un amplio sector en las sociedades occidentales. El ingrediente clave que nutre estos reclamos legítimos es la tolerancia o simpatía hacia las costumbres y pensamientos de las minorías. Se cree que si los ciudadanos de las diferentes naciones no terminaran por recelar o aborrecer a quienes piensan distinto de ellos el panorama global luciría otro rostro. La realidad es que, por ejemplo, los países “cristianos” desconfían espantosamente de los musulmanes, ateos o comunistas (como Libia, Cuba o Corea del Norte). Por su parte, desde muy jóvenes, los musulmanes de cualquier nación aprenden a odiar más o menos a los “demonios occidentales”. Ese choque de culturas va más allá del mero conflicto religioso; al final del día, no obstante, la visión mística que posee una y otra sociedad de la guerra es la que termina por imponerse nacionalmente. Para el de Oriente Medio, el solo nacimiento bajo la bandera de la Media Luna supone una Yihad o “guerra santa”; para el ciudadano promedio de Occidente, el corazón se parte en dos a la hora de juzgar su mundo amenazante: por un lado, la psicosis colectiva que vive lo obliga a temer de todo aquel sujeto con aspecto de palestino o iraní, y por otro, su sensibilidad civilizada lo compele a reclamar airadamente el uso desequilibrante en esa región del armamento europeo o norteamericano.
Así las cosas, hay que apostar por el poder mediático que conmueve hoy por hoy la conciencia de Occidente. Pues no hay duda que quien consiga obtener un ápice de paz en la dura tierra del Asia Menor ganará también, en el corto plazo, altos niveles de popularidad, lo cual debe leerse como aglutinamiento de poder de decisión en una de las zonas más estratégicas del planeta. Una rebanada de pastel por demás apetitosa.
La población del mundo está al tanto de lo que haga –y no tanto de lo que pueda hacer- el nuevo presidente de los Estado Unidos, la potencia más influyente del contexto global, Barak Obama. Este hombre incluye en su personalidad esos elementos que tanto impacto tienen en la arena política y de los medios de comunicación masiva: ambigüedad religiosa, diversidad racial y un cierto descaro a la hora de opinar sobre asuntos de política domestica e internacional. Hay que decir, que la sociedad en pro de la paz –amplia mayoría en este lado del mundo- ha cifrado sus esperanzas en el nuevo presidente, pues harta está ya de intentos medrosos, de gobernantes belicistas o primeros ministros entorpecidos por el olor de la pólvora, al estilo Bush y Aznar.
No faltará quien diga, sin embargo, que con Barak Obama en Washington pronto flameará también un nuevo estandarte en la Casa Blanca: el del Islam, aquella bandera roja de sangre con un centro blanco en forma de estrellas y media luna.
Por Juan Elías Vázquez
El mundo está asqueado de la guerra. Siempre la ha temido; pero nunca antes había podido protestar con tanta libertad y éxito en contra de sus propios gobiernos o de potencias militares agresivas. Las “purgas étnicas”, los atentados terroristas y la guerra en el Medio Oriente son el blanco predilecto de las ONG (Organizaciones No Gubernamentales) y de un amplio sector en las sociedades occidentales. El ingrediente clave que nutre estos reclamos legítimos es la tolerancia o simpatía hacia las costumbres y pensamientos de las minorías. Se cree que si los ciudadanos de las diferentes naciones no terminaran por recelar o aborrecer a quienes piensan distinto de ellos el panorama global luciría otro rostro. La realidad es que, por ejemplo, los países “cristianos” desconfían espantosamente de los musulmanes, ateos o comunistas (como Libia, Cuba o Corea del Norte). Por su parte, desde muy jóvenes, los musulmanes de cualquier nación aprenden a odiar más o menos a los “demonios occidentales”. Ese choque de culturas va más allá del mero conflicto religioso; al final del día, no obstante, la visión mística que posee una y otra sociedad de la guerra es la que termina por imponerse nacionalmente. Para el de Oriente Medio, el solo nacimiento bajo la bandera de la Media Luna supone una Yihad o “guerra santa”; para el ciudadano promedio de Occidente, el corazón se parte en dos a la hora de juzgar su mundo amenazante: por un lado, la psicosis colectiva que vive lo obliga a temer de todo aquel sujeto con aspecto de palestino o iraní, y por otro, su sensibilidad civilizada lo compele a reclamar airadamente el uso desequilibrante en esa región del armamento europeo o norteamericano.
Así las cosas, hay que apostar por el poder mediático que conmueve hoy por hoy la conciencia de Occidente. Pues no hay duda que quien consiga obtener un ápice de paz en la dura tierra del Asia Menor ganará también, en el corto plazo, altos niveles de popularidad, lo cual debe leerse como aglutinamiento de poder de decisión en una de las zonas más estratégicas del planeta. Una rebanada de pastel por demás apetitosa.
La población del mundo está al tanto de lo que haga –y no tanto de lo que pueda hacer- el nuevo presidente de los Estado Unidos, la potencia más influyente del contexto global, Barak Obama. Este hombre incluye en su personalidad esos elementos que tanto impacto tienen en la arena política y de los medios de comunicación masiva: ambigüedad religiosa, diversidad racial y un cierto descaro a la hora de opinar sobre asuntos de política domestica e internacional. Hay que decir, que la sociedad en pro de la paz –amplia mayoría en este lado del mundo- ha cifrado sus esperanzas en el nuevo presidente, pues harta está ya de intentos medrosos, de gobernantes belicistas o primeros ministros entorpecidos por el olor de la pólvora, al estilo Bush y Aznar.
No faltará quien diga, sin embargo, que con Barak Obama en Washington pronto flameará también un nuevo estandarte en la Casa Blanca: el del Islam, aquella bandera roja de sangre con un centro blanco en forma de estrellas y media luna.
Etiquetas:
abril de 2009 no. 16,
Controversia,
Los tiempos del Señor
Suscribirse a:
Entradas (Atom)