lunes, 15 de junio de 2009

Senectud

Anciano de días
Por Asael Velázquez

El bombardeo mediático, los avances tecnológicos y, en general, la modernidad han trastocado de tal modo los valores de la sociedad que la gente se ha alejado dramáticamente de lo que enseña la Palabra de Dios. Y esa vorágine por lo inmediato (ser, tener y consumir) ha arrastrado a algunos cristianos a olvidarse de las cosas de arriba y a poner sus ojos en las cosas de la tierra.
Pero las Sagradas Escrituras, Palabra viva y eficaz, nos aconsejan ahora que nos paremos en los caminos y miremos y preguntemos por las sendas antiguas cuál sea el buen camino. Y una vez que lo hayamos encontrado hay que caminar por ese sendero, para encontrar descanso para nuestras almas (Jer 6:16)
Un buen ejemplo de cómo los valores humanos están patas para arriba (mis pensamientos no son vuestros pensamientos, dice el Señor en Isaías) es el trato que la sociedad da a los ancianos, a quienes muchas veces se les arrumba en un rincón de la casa, se les ve como un estorbo y se les mide por su inutilidad para producir bienes o sacarles algún provecho.
Algunos se han convertido en una carga para la familia, sobre todo cuando los viejos arrastran con ellos todas las enfermedades del mundo. Muchos quisieran confinarlos a los hospitales, a los asilos o a los panteones.
Pero la Biblia mide con otra vara a los ancianos y ordena un trato especial para ellos.
“Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová” (Lev. 19:32); el apóstol Pedro agrega “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos” (1ª. 5:5); a lo que el apóstol Pablo ordenaba “No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre” (1ª. Tim 5:1), y el proverbista considera que “corona de honra es la vejez” y que “la hermosura de los ancianos es la vejez”.
Un anciano era y debe ser para los hijos de Dios motivo de honra.
No en balde algunos profetas, como Daniel (7:22), comparan al Eterno Dios como un “anciano de días” y al final del tiempo estarán junto al trono del Dios Altísimo, según la visión del apóstol Juan, 24 ancianos en sus respectivos tronos y con sus coronas.
Además, los apóstoles llaman “ancianos” a los pastores, obispos y, en general, al encargado de una congregación, una familia o hasta quienes deben juzgar, porque son los de mayor experiencia (como los 70 ancianos nombrados por Moisés).
Ahora bien, la eterna Palabra de Dios no esconde la fragilidad y penurias de esta edad. El Salmo 90 habla de molestia y trabajo cuando se rebasa la edad de la plenitud y el capítulo 12 del Eclesiastés describe dramáticamente la decadencia del cuerpo físico de los viejos. En cambio, para quienes conserven su relación intacta con Dios existe la promesa de que “aún en la vejez estarán vigorosos y verdes para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto”.
¿Entonces ser viejito me da permiso de hacer lo que yo quiera?
De ninguna manera, a ellos el apóstol Pablo les ordena “que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia. Las ancianas asimismo sea reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, sujetas a su marido, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada”.
Los valores enseñados por la Biblia son eternos, no caducan con el tiempo o con el espacio geográfico. Los principios son aplicables a cualquier persona y el plan de Dios es que la familia sea la base de la comunidad, en la cual los ancianos tienen un lugar especial, porque eso es justo, porque han dejado la fuerza de su juventud en procurar que los hijos y hasta los nietos tengan bienestar y estabilidad. Y porque ellos nos enseñaron y heredaron el conocimiento del Dios verdadero. Y la ordenanza divina es que los hijos de Dios “aprendan (…) a recompensar a sus padres, porque esto es lo honesto y agradable delante de Dios” (1ª. Tim 5:4)
Porque si no puedes honrar al anciano que tus ojos ven…
Niño a los cien años
Por Juan Elías Vázquez

El profeta Isaías ministró durante un tiempo de gran decadencia espiritual. En el capítulo tercero de su libro, predijo cómo serían los días de Judá, por cuanto no se volvieron al Dios de sus padres: “Porque he aquí que el Señor Jehová de los ejércitos quita de Jerusalén y de Judá al sustentador y al fuerte, todo sustento de pan y todo socorro de agua; el valiente y el hombre de guerra, el juez y el profeta, el adivino y el anciano”. A este escenario de ruina moral y económica, habrá que añadir el de la debacle política: “Y les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores” (Is 3:1,2,4,5).
A Timoteo, el apóstol Pablo le aconseja que no permita que nadie menosprecie su ministerio por ser joven. En esta porción de la Biblia, en cambio, juventud viene a ser sinónimo de inexperiencia y vanidad. Semejante a aquel momento crucial para Israel en que Roboam, el patético sucesor de Salomón, decide rechazar las advertencias de los ancianos y opta por seguir los absurdos consejos de jóvenes ensoberbecidos. No es tanto la juventud y su inexperiencia lo que censura las Escrituras; más bien, se pone en tela de juicio la irresponsabilidad o falta de mesura que evidencia un espíritu pueril actuando en una persona adulta (“cuando era niño, pensaba como niño”, sentencia Pablo). Por ello, el Eclesiastés clama: ¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es muchacho, y tus príncipes banquetean de mañana” (v.16). Ese exceso de sensualidad juvenil revuelve las entrañas del profeta de tal manera que arremete con dureza contra “los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende” (Isaías 5:11).
No hay razón para dudar del buen gobierno de los jóvenes y sus juicios. No obstante, el juicio divino se hace patente cuando una sociedad rehúsa y niega oír y actuar en consonancia con la experiencia de sus padres. El signo más visible de los tiempos de que habla Isaías tiene que ver con un conflicto generacional que ha traído maldición sobre el pueblo: “Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual contra su vecino; el joven se levantará contra el anciano...” A tal punto que: “los opresores de mi pueblo son muchachos”.
Si el profeta Isaías trajera palabra sobre México, esa Palabra traería juicio. Pues no cabe duda que en nuestra sociedad de adultos “fuertes, competitivos y lúcidos” ni la voz del joven imberbe vale tanto, menos todavía la de un anciano. Es lugar común aquella frase que retrata la posición de un viejo: “esos viejecitos que ya tenemos como un mueble inservible”. Que si caminan lentos, que si ya “chochean” (o sea, que no dan una cuando opinan), que si huelen mal, que si son muy criticones, que si ya no aportan ni un cinco para su manutención. ¡Cuidado!, que podríamos estar llegando a un nivel de soberbia e iniquidad insoportables para el Juez Justo.
De los ancianos hay que agradecer que nos muestren los obstáculos de un camino que ellos ya fueron y vinieron. Hay que aprovechar su sabiduría, que en la Biblia es sinónimo de prudencia, y no tanto de inteligencia. Sin embargo, los que son viejos han aprendido que una mente que se cultiva con constancia se mantiene joven y lúcida. Hay que reconocer su papel insustituible en nuestra sociedad, la amabilidad de su compañía y su ternura.
Si hay que tomar en cuenta la opinión de un joven, con mayor razón la de un anciano. Es una clase de respeto diferente, de otra naturaleza. Tiene que ver con un respeto reverencial, que físicamente se manifiesta con el beso que damos en su mano. No podemos, por tanto, menospreciar a un anciano o decirle, por ejemplo, que huele mal o que ya estorba y, jamás, por ningún motivo, lamentarnos de que nuestro viejito siga tan cosijoso o que siga viviendo. Isaías termina su libro con palabras de victoria. En ellas puede leerse, hablando de un futuro próximo: “No habrá más allí niño que muera de pocos días ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años...” (Is 65:20).

viernes, 12 de junio de 2009

El secuestro

¿Puede un cristiano ser plagiado?

Por Juan Elías Vázquez

Imagine a una persona que camina apresuradamente por la calle, pegada a la pared de los edificios, a cada rato volteando para un lado y otro, y sujetando fuertemente lo que trae entre las manos. No es raro observar esta clase de comportamiento, por ejemplo, en la ciudad de México. Supongamos otro escenario, éste no tan típico. Un hombre camina ligero, como si toda carga hubiera sido liberada de su espalda; mira hacia el frente y sus pasos son firmes. Ese día, por alguna singular razón, decide tomar un rumbo distinto de siempre. Consigue, como todos los días, llegar seguro a su destino.
Qué bueno sería que todos los mexicanos pudiéramos caminar así de despreocupados por las calles de nuestro país, sin temor de que alguien nos agreda o pase un ladrón a toda carrera y nos arrebate la bolsa. O que un comando armado nos levante y nos vacíe la tarjeta de crédito o nos secuestre y exija cuantioso rescate por respetar nuestra vida.

¿Será posible caminar por la calle con confianza?
La Palabra Sagrada nos declara a los cristianos que Dios es escudo alrededor de nosotros y es quien levanta nuestra cabeza (Sal 3:3). Por lo tanto, no temeremos aunque la Tierra fuese removida. Cristo debe ser la confianza del hombre regenerado y su principal punto de apoyo, en todos los órdenes de la vida. ¿Entonces podrá ser posible que un cristiano pueda ser víctima –no sólo de un robo– de un secuestro? Usted qué cree. Quien escribe conoce por lo menos un par de estos casos.
¿Qué ocurrió aquí? Como preguntaron los discípulos a Jesús: ¿quién pecó, éstos o sus padres? Porque si el Espíritu de Dios está con nosotros, esa clase de desgracias no tendrían que sucedernos. Otro podría opinar quizá con razón que Dios no es injusto para permitir que sus hijos sufran.
Mejor dejemos que la Biblia nos responda. Repasemos la vida de un hombre poderoso en el Espíritu: el apóstol Pablo. A lo largo de sus tres viajes misioneros, este hombre de Dios nunca caminó por donde Él quiso, aunque sus pasos siempre fueron firmes y seguros. En Hechos capítulo 16, 6, Lucas cuenta que el Espíritu prohibió expresamente a Pablo que se predicase el evangelio en Asia. En el versículo 7, la Palabra da testimonio de que otra vez el Espíritu Santo no dejó a Pablo que pasara por la ciudad de Bitinia. ¡Maravilloso poder divino que conoce todas las cosas pasadas y futuras, y que conforme a ello guía los pasos de sus hijos!
Pero, ¡quién puede entender los designios celestiales! Pues en un pasaje posterior la actitud del apóstol, al parecer contradictoria, hace que todos nuestros razonamientos se vengan abajo. En el capítulo 21 se cuenta que un profeta llamado Agabo advierte a Pablo que no descienda a Jerusalén ya que ahí será atado y entregado a los gentiles. El mensaje venía del Espíritu (v. 11), ¿por qué, entonces, Pablo decidió no acatarlo? Los presentes que oyeron la advertencia apelaron al sentido común y rogaban al apóstol que no fuese a la santa ciudad. Mas él les respondió: “¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (v. 13).
Podríamos aventurar con ligereza y cuestionar: ¿es así como Dios le paga a sus hijos sus servicios? ¿Con la muerte, con la prisión, con el secuestro? ¿Un cristiano puede ser víctima de robo o hasta de un secuestro a pesar de su diezmo, de estar en el templo las veces que se requiera, de la oración y del ayuno?
La respuesta, queridos amigos, es que sí, que Dios es soberano en sus decisiones. Pero hay que tomar en cuenta que las prisiones del apóstol Pablo tuvieron un propósito específico: hablar de Cristo a sus captores (Hechos 22 al 24) o escribir prácticamente el Nuevo Testamento. El mismo Señor se le presentó al apóstol para confortarlo: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” (23:11).
He aquí la maravilla divina: puesto que aun en la noche más oscura, Dios hace brillar el faro de luz que guía nuestras almas a los propósitos de Cristo. En esto también conviene citar lo que Jesús contestó a sus desorientados discípulos: “Ni éste pecó –el nacido ciego–, ni sus padres, mas para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn 9:3).
A los mexicanos se nos ha venido la noche en estos últimos días. Cierto, miramos para todos lados y en todos lados vemos peligro. El Señor lo anunció. Dijo que “la noche viene, cuando nadie puede trabajar”. No obstante, no nos ha dejado sin esperanza. Él se presenta ahora ante nosotros, como antes ante Pablo, diciendo: “Entretanto que estoy en el mundo, Luz soy del mundo”. Su Santo Espíritu vive en mí, vive en usted, querido hermano. Andemos como de día –aun en esta oscuridad–, “pues quien anda como de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo” (Jn 11:9), es a saber Cristo, y jamás perdamos de vista lo que enseñó el Divino Maestro: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Juan 11:4).
El secuestrado
Por Asael Velázquez

En lo más profundo de la noche, cuando el sueño pesa más sobre los párpados, un comando irrumpió en el lugar con lujo de violencia. La mayoría ya se había dormido, pero uno de sus amigos, que sólo estaba dormitando, alcanzó a oponerse al secuestro. Pero ya era demasiado tarde. El grupo de paramilitares, armado hasta los dientes, ya había identificado a la víctima. Iban sobre él, porque dejaron que los demás huyeran. No opuso resistencia, pero ni así tuvieron compasión de él. Lo ataron y lo golpearon con saña. En realidad, apenas comenzaba la pesadilla.
Entre insultos y maldiciones se lo llevaron a lo que podría considerarse una casa de seguridad, lejos del alcance de de la autoridad civil o militar, porque en éste, como en casi todos los casos de privación ilegal de la libertad, hay otra autoridad que lo fomenta o lo permite, sea por acción u omisión.
Llevaron al secuestrado a la casa del líder religioso. Mientras, no faltaba quién lo insultara, escupiera o, incluso, lo abofeteara, entre burlas y humillaciones. Le aplicaron todo tipo de tortura, sicológica y literalmente. Con trato inhumano y degradante, lo despojaron de sus ropas. Cuando se cansaron de propinarle toda clase de improperios y golpes, lo acusaron de haber cometido cualquier cantidad de delitos, hasta aquellos más horrendos.
No hubo quién saliera en su defensa. Torturado y desecho por los golpes, el secuestrado parecía ya una piltrafa humana. Cuando el líder religioso lo condenó, todos ahí sabían que aquel pobre estaba destinado a la muerte y ningún poder humano podía salvarlo. Acusado de crímenes que jamás cometió, fue llevado ante las autoridades para que, mero trámite, decretaran la pena de muerte sobre él. Tenía la boca desecha por la golpiza y musitó algunas palabras en su defensa.
Privado ilegalmente de su libertad, sin tener quién lo defendiera, golpeado, torturado y vilipendiado, este hombre fue condenado a morir como el delincuente más sanguinario. Con este secuestro, los líderes religiosos vengaban la osadía de este insensato que se opuso a su autoridad. Las golpizas y el trato inhumano hicieron su mella. Como a las tres de la tarde, finalmente falleció. Quienes estaban cerca de él testifican que, poco antes de morir colgado de un madero, se le escuchó clamar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

viernes, 24 de octubre de 2008

Tiempo de vacas flacas

El tercer caballo del Apocalipsis
Por Juan Elías Vázquez

Guerras siempre ha habido, pero no tan devastadoras como lo fue la II Guerra Mundial; Las hambrunas también son cíclicas, sólo que nunca antes habíamos previsto una de las proporciones de la que se avecina. Los motivos, según los especialistas, se atribuyen a la desaceleración económica global; al aumento de los precios del petróleo y de los mismos alimentos; a las amenazas del cambio climático, y a que, aunque el mundo produce suficientes alimentos, pocas personas los acaparan.
Los primeros efectos de la hambruna ya se han hecho presentes en países de Asia y África. De acuerdo con un reporte de Prensa Asociada (AP), fechado el pasado 7 de julio, en Burundi, Kenia y Zambia, cientos de miles de personas enfrentan reducciones en las raciones de alimentos. En Irak, 500 mil beneficiarios perderán la ayuda alimentaria que reciben periódicamente. En Yemen resultarán afectados más de 300 mil hogares; mientras que en Camboya, unos 400 mil menores ya se quedaron para estas fechas sin los tazones de arroz que diariamente constituyen su desayuno. El mismo reporte señala que la mayoría de los países en desarrollo padecerá algún tipo de reducción alimenticia en los próximos ¡tres a cinco meses!
Este panorama mundial tan desalentador estaba previsto en las Escrituras desde hace miles de años. El Señor Jesús incluyó el hambre y la guerra en un periodo que describió como “principio de dolores”: “Porque se levantará nación contra nación y reino contra reino; y habrá pestes y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mat 24:7). De seguro que este texto no es nuevo para usted y, probablemente, lo seguirá oyendo en estos días. Porque para muchos cristianos, los signos de los tiempos no pasan inadvertidos. Por otro lado, no nos sorprende la incredulidad del mundo. Esto tampoco es novedad. El apóstol Pedro declaraba que los necios no cesaban de decir, respecto de la segunda venida del Señor Jesucristo: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres murieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2ª Ped 3:4). O sea, “no pasa nada, se trata de puros cuentos”. Y qué decir de los que se preguntan “¿Cuándo serán estas cosas, para empezar a portarme bien?”. Pedro contesta que “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza…” Y a quienes se acercan a los dichos proféticos por mera curiosidad o miedo, Jesucristo advierte: “El que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta” (Jn 7:17).
Pero del día y la hora nadie sabe, “ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre”, dijo el Señor (Mat 24:37). Sin embargo, en ese mismo capitulo, Jesús aconseja estar al tanto de los cambios que hacen variar las épocas: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca”. No cabe duda, entonces, que nos acercamos al principio de la consumación de los tiempos. Es indispensable que los hijos de Dios agucemos como nunca antes nuestros sentidos espirituales. El curso de los acontecimientos no va a mejorar; al contrario, se agravará en la medida que corran los días y los meses, y llegará a su momento cumbre, cuando cabalgue rampante el caballo negro mencionado en el Apocalipsis (Ap 6:5). De acuerdo con la profecía, el tercer jinete llevará una balanza en la mano, y recibirá esta orden: “Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario”. Un denario era el salario diario de un jornalero, lo cual manifiesta el alto precio que tendrá en un futuro próximo una raquítica porción de alimento. Enseguida, el versículo declara: “…pero no dañes el aceite ni el vino”. Este último dato es de importancia capital para comprender mejor el signo predominante de los tiempos finales: es decir, el imperio de la inequidad o de la injusta distribución de la riqueza. Pues en la exégesis de la literatura apocalíptica, el vino y el aceite se asocian con la prosperidad y la opulencia. Es voluntad del propósito divino, por tanto, que todavía por un tiempo no se dañe la propiedad de los ricos. La especulación y el acaparamiento de alimentos seguirán sin remedio. Para este mundo sumido en la impiedad no hay remedio que alcance. Empero, para los hijos de Dios y para todo aquel que quiera conocer la voluntad del Altísimo y obedecerla nada está perdido. San Pedro concluye que la tardanza del cumplimiento de la promesa significa que Dios “es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. No hay porqué, entonces, correr a escondernos y almacenar latas de comida; tampoco hay que estar dormidos, al contrario, hay que trepar sobre caballos veloces (Ester 8:10) e ir pronto a los perdidos a advertirles del gran peligro que se cierne sobre ellos.

jueves, 23 de octubre de 2008

Tiempo de vacas flacas
Por Abner Chávez

Los tiempos de los patriarcas de Israel estuvieron marcados por periodos cíclicos de hambrunas, como lo muestra el libro de Génesis (12:10 y 26:1 y 42). Con todo y que Abraham, Isaac y Jacob habían sido abundantemente prosperados en ganados, siervos y riquezas tuvieron que recurrir a Egipto, entonces una potencia mundial, para subsistir y preservar la descendencia del pueblo israelita, de donde nacería Jesús el Nazareno.
El plan global de subsistencia provisto por Dios –el que a la larga permitió la sobrevivencia de la simiente santa–, tan beneficioso para la colectividad, estuvo sin embargo lleno de aparentes desgracias personales.
La historia de José, el hijo mayor de Raquel y el undécimo de Jacob, nos muestra cómo los pensamientos individuales de los hombres no son, por mucho, los pensamientos de Dios. Recordemos que la envidia de los hermanos de José los llevó, primero, a arrojar al muchacho a una cisterna oscura y fría y, posteriormente, a venderlo por 20 piezas de plata a unos mercaderes ismaelitas. Éstos lo llevaron a Egipto, a la casa de Potifar, el mayordomo en jefe del Faraón.
Ahí Dios lo prosperó de tal manera que Potifar lo puso a administrar toda su casa. Pero Dios tenía preparado para José algo más grande que ser simplemente el administrador de una hacienda. Injustamente fue acusado de querer abusar de la mujer de su amo y José terminó en la cárcel.
Ahí, en lo más profundo de la noche, entre gente mala y un pueblo extraño de dioses extraños, José pudo haber renegado de sus convicciones, pudo haberse dejado arrastrar por la corriente del mundo y dejar a un Dios que, aparentemente, lo había abandonado. Pero su relación con Dios iba más allá de las circunstancias. Incluso en la cárcel, el esclavo hebreo fue prosperado y “halló gracia en ojos del principal de la casa de la cárcel” y puso en su mano todos los presos y lo que se hacía en esa prisión, “él lo mandaba”.
Hasta la cárcel llegaron el copero y panadero del rey, acusados de conspiración. Ambos tuvieron sendos sueños, a los que José les reveló el significado. Tal y como lo predijo el hebreo sucedió. Pero tuvieron que pasar dos años antes de que el mismo Faraón fuese turbado por sueños terribles que no lo dejaban en paz.
Soñó el Faraón que estaba junto al río y que del río subían siete vacas hermosas a la vista y muy gordas que pacían en el prado. Detrás de ellas subían otras siete vacas muy feas y flacas que devoraron a las siete vacas gordas. Con todo, las vacas flacas no dejaron su aspecto horrible. Luego Faraón tuvo un segundo sueño semejante con siete espigas. Las primeras, llenas y hermosas eran devoradas por siete espigas marchitas.
Estos sueños dejaron muy turbado al soberano egipcio, quien mandó a llamar a todos los agoreros y adivinos del reino, hasta que el principal de los coperos del rey se acordó de que el esclavo hebreo encarcelado le había revelado su sueño.
Todos conocemos cómo José reveló al Faraón el significado de esos sueños: que las primeras siete vacas y espigas significaban siete años de abundancia y prosperidad. Y las segundas vacas y espigas flacas querían dar a entender que venían siete años de sequía y hambruna tan grandes que “devorarían” los primeros años de prosperidad. Faraón, entonces, nombró a José como su segundo al mando, para que administrase la primera abundancia y que no faltare alimento para el tiempo de hambre.
Aquí habría que hacer un paréntesis. Asenath , la hija del sacerdote egipcio, fue dada como esposa a José. Ella pasó a formar entonces parte del pueblo santo. Fue rescatada de Egipto (aunque seguía viviendo en Egipto) para unirse a su esposo, quien a la postre fue grandemente bendecido en lo material y en lo espiritual. Asimismo como pasa con la Iglesia: hijos de Egipto, del mundo, al ser prometidos al Esposo, pasamos a formar parte del pueblo santo, aunque seguimos en el mundo. Sin tener las promesas hechas a Abraham, Asenath alcanzó la bendición de Dios al unirse a José y sus dos hijos, Manasés y Eprhaim, pasaron a formar incluso dos tribus del pueblo de Israel.
Regresando a la historia, cuando los años de hambre llegaron, los hijos de Jacob tuvieron que recurrir a Egipto, porque la sequía había asolado la tierra de Canán. Fue ahí cuando, luego de hacerlos un poco sufrir, José se reveló a sus hermanos y proveyó alimento y resguardo en tiempo de crisis para toda la descendencia de su padre.
Algunas lecciones tenemos que tomar de esta historia y acomodarla a la situación que se avecina: la Iglesia sabe, porque lo anunció nuestro Señor Jesucristo, que vendrían tiempos de hambrunas, pestilencias, guerras y sediciones. Ahora que los organismos mundiales reconocen que habrá una década de crisis alimentaria, para empezar podríamos administrar nuestros bienes, si es que los tenemos, de mejor manera, sin derrochar, conociendo que los días son malos y que se acercan tiempos peligrosos.
En segundo lugar, y quizá sea lo más importante, el anuncio de la crisis –junto con otras señales que anuncian los tiempos previos al rapto de la Iglesia– debería de poder acercarnos más al trono de la gracia de Dios para depender más de Él, confiar absolutamente en que Dios es nuestro proveedor y buscar más su rostro.
Los tiempos de vacas flacas pueden, todavía, hacer que surjan mejores cristianos, más comprometidos con la causa del Evangelio y más dispuestos a alzar la voz de paz en medio de un mundo lleno de confusión. Un pueblo que proclame la paz de Dios en tiempo de crisis.

viernes, 20 de junio de 2008

La mirada triste del Señor

El día que Jesús guardó silencio
Por Batista Cortés

Aún no sé si ocurrió o fue un sueño. Sólo recuerdo que esa noche el cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... Me encontré en aquel inmenso salón con un pared llena de tarjeteros, como los de las grandes bibliotecas. Los ficheros tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención uno titulado: “Muchachas que me han gustado”. Lo abrí por curiosidad y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión: había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado!
Empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón de interminables ficheros era un crudo catálogo de mi existencia. Estaban escritas las acciones de toda mi vida, pequeños detalles y momentos que ya había olvidado. Por curiosidad abrí ficheros al azar para explorar el contenido.
Algunos me trajeron alegría y recuerdos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intenso, que tuve que voltear a ver si alguien me observaba. El archivo “Amigos” estaba al lado de “Amigos que traicioné”. Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. “Libros que he leído”, “Mentiras que he dicho”, “Consuelo que he dado”, “Chistes sucios que conté”. Otros títulos eran: “Cosas hechas cuando estaba molesto”, “Videos que he visto”, en fin... no dejaban de sorprenderme de los títulos.
Estaba atónito del volumen de información de mi vida. ¿Tuve tiempo para escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada ficha confirmaba la verdad. Cada una, escrita con mi letra y firmada por mí. Cuando vi el archivo “Canciones que he escuchado”, quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y ni así le vi fin. Me sentí avergonzado por la cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.
Llegué al archivo “Pensamientos lujuriosos” y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sólo abrí el cajón unos centímetros. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me sentí asqueado al constatar que “ese” momento, que yo creía escondido en la oscuridad, había quedado registrado. No necesitaba ver más... un instinto animal afloró en mí, un pensamiento dominaba mi mente: ¡nadie debe de ver estas tarjetas jamás! ¡Tengo que destruirlas! En un frenesí insano arranqué un cajón, sólo para descubrir que no podía siquiera arrancar una sola tarjeta, pues eran más duras que el acero. Vencido e indefenso, devolví el cajón a su lugar.
Empecé a sollozar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar mi situación: “Personas a las que les he compartido el Evangelio”. Al abrirlo, no encontré ni diez tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Caí de rodillas al suelo, llorando amargamente de vergüenza. De nuevo volví a pensar: “Nadie debe entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre”. Mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi... ¡Oh, no! Por favor, ¡no!, ¡cualquiera, menos Jesús!Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. Intuitivamente, Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza buscó mi mirada, y yo bajé la cabeza de vergüenza… y seguí llorando amargamente. Él se acercó, puso su mano en mi hombro y no dijo una sola palabra. Ese día, Jesús guardo silencio... Volvió a los archiveros y empezó a estampar su nombre en cada tarjeta encima de mi firma. ¡No!, grité. Tu nombre no tiene por qué estar en esas fichas. No son tus culpas, sino las mías. Pero Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura y creí escucharlo decir: “Consumado es... Yo he cargado con tu vergüenza y tu culpa”.
Aún no sé si fue sueño, visión o realidad... de lo que sí estoy convencido es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón encontrará más fichas de qué alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas…

¿Qué buscas entre los muertos?
Editorial

La pregunta angelical nos invita a reflexionar: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” ¿Tiene el cristiano algún beneficio en asomarse a los altares de muertos o las fiestas de Halloween?
En el Antiguo Testamento se prohibía expresamente al sacerdote contaminar sus vestiduras o sus personas con la cercanía de cadáveres. Según la Palabra de Dios, nosotros somos reyes y sacerdotes para la gloria de Dios. Deberíamos tener cuidado de no usar nuestras vestiduras irreflexivamente. Ser cristiano es cuestión de fe. Por ejemplo, en el bautismo creemos que nace una nueva persona. Si no hay fe, el “bautizado” únicamente se mojó en agua. Así pasa con los días de brujas y muertos. La Biblia dice que nuestra lucha es contra espíritus que vagan por los aires. Es cuestión de creerle a la Palabra de Dios. Al abrir nuestra casa o permitir que nuestros hijos asistan a fiestas de muertos, abrimos puertas a espíritus inmundos. Hermano, ciérrale al diablo la puerta de tu casa y tu corazón. Porque nuestro Señor es Dios de vivos, no de muertos.